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Luego del serio revés producido por la Guerra del Pacífico, el país inició el siglo XX con el apogeo del proyecto oligárquico orientado a la exportación de materias primas.  El modelo entró en crisis a fines de los años veinte cuando se empezó a ensayar una política económica orientada al mercado interno promoviéndose la industrialización. Las actividades económicas se diversificaron y se consolidaron nuevos grupos sociales (clase media, proletariado urbano y campesino, estudiantes universitarios) que desafiaron el orden de la antigua clase dirigente. Surgieron nuevas doctrinas y partidos políticos que volvieron a plantearse preguntas y problemas sobre la esencia del Perú y el tipo de nación que queríamos ser: centralista o federal, mestiza o multicultural, proteccionista o abierta libremente al mundo.

De esta manera el Estado fue asumiendo nuevos papeles para fomentar el desarrollo económico y la integración social. Crece la burocracia y la inversión pública; aparecen nuevos ministerios y la banca de fomento. Este proceso tuvo su clímax en régimen militar de 1968 a 1975 y el gobierno aprista de 1985 a 1990. A partir de los años 90 la tendencia cambió al devolverse estos procesos a la iniciativa privada y al mercado mundial. Pero todos estos vaivenes acentuaron el centralismo limeño que se ha convertido en uno de los obstáculos más serios para el desarrollo integral y democrático del país.       

Un cambio espectacular fue el crecimiento demográfico. La población se triplicó entre 1940 y 1993: pasó de 7 a más de 22 millones de habitantes; al año 2000 llegó a 25,7 millones. Otros factores que cambiaron el rostro del país fue el crecimiento de la cobertura educativa en todos sus niveles y la expansión de los medios de comunicación (carreteras, radio, periódicos y televisión). Esto integró más al país y empujó a millones de campesinos a buscar nuevas oportunidades en las ciudades. La masiva migración del campo a la ciudad, especialmente a partir de los años cincuenta, fue un fenómeno inédito. Lima fue la principal víctima: en 1904 tenía 140 mil habitantes, 540 mil en 1940, 3 millones en 1972 y más de 7 en el 2000. Este fenómeno convirtió al Perú en un país mestizo, urbano y costeño. En 1940 el 70% de la población vivía en el campo, hoy en día ocurre todo lo contrario: ese mismo porcentaje vive en las urbes.

El Perú se vio afectado, además, por dos fenómenos dramáticos. En primer lugar, a partir de los años ochenta estallaron movimientos subversivos situados ideológicamente a la izquierda del Apra y los demás partidos “socialistas”; su intensidad entre 1980 y 1992 estuvo a punto de hacer colapsar al Estado. Por su lado, el narcotráfico demostró su poder económico y político en amplias regiones del territorio nacional. El Estado terminó controlando el primero y, con la ayuda internacional, debe erradicar el segundo.

Durante el siglo XX el Perú experimentó casi todos los modelos de desarrollo existentes. El resultado, sin embargo, no ha sido tan alentador. Un solo dato podría resumir el fracaso: casi el 60% de su población vive en condiciones de pobreza o miseria extrema. Faltan profundizar los valores democráticos, el orden institucional y una economía de mercado más competitiva y redistributiva. Hoy el país, además, está inmerso en las consecuencias que trajo para el planeta el fin de la “guerra fría” y el acelerado proceso de integración llamado “globalización”. Conceptos como soberanía o dependencia están siendo redefinidos. Lo cierto es que con el fax, el internet, la televisión por cable y el abaratamiento del transporte de mercancías y personas el Perú viene acomodándose a los nuevos desafíos que impone el siglo XXI.

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