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A la poesía la llamaban “canto”; era más bien una recitación de fábulas y leyendas que mantenía un cierto ritmo narrativo. Los temas más habituales estaban dedicados a exaltar los logros de sus gobernantes, a glosar sus creencias religiosas y a pedir a sus dioses lluvia, sol o determinados beneficios que precisaran según el momento. También escribieron recomendaciones de padres a hijos y acerca de la virtud, del bien, de la bondad, de la familia y cuestiones filosóficas relacionadas con su papel en la tierra y su compromiso con la cosmogonía en la que creían.

Por su carácter simbólico, religioso y ritual, la danza venía a ser una comunión mística entre participantes y espectadores y su objetivo era obtener el triunfo de los poderes invisibles. Para los mayas el ritmo de los tambores, el canto, las plumas y el ulular ejercían una influencia mística y se sentían en contacto con lo sobrenatural.


La danza, acompañada de música, constituía un importante solaz para los mayas, aunque su manera de bailar era más bien hierática, con más solemnidad que pasión. No se mezclaban; los hombres bailaban con los hombres y las mujeres con las mujeres. Sólo un baile al que llamaban maual permitía compartir movimientos del baile a hombres y mujeres.

En los festejos en donde se bailaba, las mujeres no tomaban parte en lso actos y sólo lo hacían las mujeres que ayudaban y acompañaban a los sacerdotes en las tareas del culto.


Las representaciones teatrales eran muy populares. Se representaban escenas de todo tipo a cargo de actores en escenarios que unas veces eran exteriores y otras interiores y a los que acudía mucha gente.

Los actores tenían gracia e ingenio, vestían con elegancia e iban enmascarados. La mímica tenía una importancia destacada en este tipo de espectáculos.
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ORFEBRERÍA. EL JADE Y EL ORO
La talla de las piedras semipreciosas, en jade y obsidiana, suponen una valiosa aportación del arte maya. Figuras humanas y collares alcanzaron un grado de perfección que las hizo ser incluidas en los ajuares mortuorios de la aristocracia maya..

El jade fue un material ritual y mágico más valorado que el oro. Fue la joya favorita. Más duro que el acero, de luminosidad traslúcida y con un asombroso registro de tonalidades verdes, esta piedra tenía más valor que el oro entre la sociedad maya de ahí que su trascendencia quedara plasmada en las expresiones ceremoniales y decorativas..

El valor del jade, antes que material, era de índole mágico-religioso, por lo que la piedra fue utilizada para la elaboración de objetos sacros y artísticos. 


El jade forma parte de la historia de la cultura maya. Investigaciones arqueológicas demuestran que los mayas utilizaron este mineral en el período Preclásico Tardío (400 a.C. hasta el 100 d.C.), y en el Clásico Temprano (250-450 d.C.). No sólo se usaba como adorno sino que también servía para indicar la posición social de quien lo portaba; le dieron además significados religiosos y le atribuyeron propiedades medicinales. Simbolizó el maíz fertilizado, la abundancia, y sobre todo el poder.


La nobleza maya lo utilizaba como piezas dentales postizas. La posesión del jade era marca de alta jerarquía y la aristocracia se embellecía con orejeras, pendientes, collares, máscaras, pectorales y muñequeras donde lucía la piedra; incluso los gobernantes usaban pequeñas piezas para decorar sus dientes. El jade facilitaba la ascensión al más allá, era un bien supremo en las ofrendas divinas en forma de collares, brazaletes, tobilleras, orejeras, piezas decorativas, vasos funerarios, máscaras, estatuas y herramientas.


También se asociaba con la fertilidad, con los granos de maíz tierno, el agua y la vida. Los chalchihuites (cuentas redondas hechas de jade) se colocaban en boca de los difuntos, junto con el maíz, para que no pasara hambre y no tuviera carencias espirituales durante su vida futura. Los gobernantes y nobles eran sepultados portando máscaras mortuorias de jade, para que los Señores del Inframundo los identificaran dándoles un trato especial, de acuerdo con su jerarquía.

Para tallar el jade, los mayas usaban un abrasivo hecho con polvo de jade, rubí o granate mezclado con grasa de origen animal, que aplicaban al área que querían cortar, frotándola luego con una pieza de la dura obsidiana o madera en forma de cuchilla. Para hacer agujeros el proceso era el mismo, sólo que la herramienta empleada era la punta del bambú, atada en ocasiones a un arco para facilitar la perforación.


En cuanto al oro, tuvo una gran importancia religiosa y ornamental, aunque sólo fue empleado en piezas muy sencillas que a menudo eran lanzadas a los cenotes sagrados como ofrendas para los dioses. No obstante, se sabe que los mayas cortaban y repujaban figuras sobre hojas de oro que importaban de lejanas regiones.
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La pintura de los mayas se encuentra entre los mejores ejemplos artísticos de la época prehispánica, no solo por sus innegables cualidades estéticas y por el uso de técnicas de probada eficacia, sino por ser una vía de estudio de numerosos aspectos de su cultura. Gran parte de la evidencia de que se dispone se encuentra en tres soportes: la pintura mural, los códices y las vasijas pintadas de cerámica. En ellos se encuentran elocuentes escenas, con frecuencia acompañadas de textos jeroglíficos, que proporcionan una valiosa información sobre la compleja visión del mundo de los mayas, sus ritos, calendario y su forma de vida.

La pintura se utilizó profusamente para decorar vasijas de barro, desde el período Protoclásico. Los motivos policromados fueron primero simbólicos, geométricos o estilizados cuando correspondían a figuras animales, en el Petén; se volvieron después naturalistas, presentando temas principalmente laicos (señores que reciben ofrendas, atendiendo a grupos de guerreros o vasallos, mercaderes de viaje, ritos propiciatorios de cacería, etc.) durante el período Clásico Tardío.


Aunque los restos que han llegado hasta nosotros son muy escasos, la pintura mural del Clásico maya alcanzó una gran perfección técnica y una gran calidad artística, logrando un difícil equilibrio entre el naturalismo de los diseños y el convencionalismo de los temas. Aunque utilizan tintas planas carentes de perspectiva los muralistas mayas supieron crear la ilusión del espacio. Primero trazaban el dibujo en rojo diluido sobre una capa de estuco, después se pintaba el fondo quedando las figuras en blanco y posteriormente se iban rellenando los diferentes espacios con sus respectivos colores. Para sugerir la perspectiva y el volumen recurrían al fileteado de las figuras, la yuxtaposición de colores y la distribución de los motivos en diversos registros de bandas horizontales.


Murales de contenido histórico (ceremonias, batallas, juicios y sacrificio de prisioneros, escenas cortesanas, etc.) ejecutados con gran realismo y dominio técnico, se han hallado en Uaxactún, Bonampak, Chacmultún, Mulchic y Chichén Itzá, y frescos que hacen alusión a deidades y rituales religiosos, muy semejantes a lo que muestran los Códices, aparecieron en Tulum y Santa Rita.

En el período maya Clásico Tardío, la pintura mural se centró en la representación de la figura humana, intentando reproducir, con la mayor fidelidad posible, las formas con sus proporciones y su apariencia natural.

Desde el periodo Protoclásico la pintura maya ya denota un estilo maduro, con cánones establecidos que perduraron en la pintura y en sus Códices, a través del Período Clásico hasta el Posclásico. Entre estos están las proporciones naturalistas de la figura humana, el uso de líneas de contorno de formas redondeadas, de superficies de colores planos y la forma esquemática y estereotipada de representar a las figuras de perfil sentadas. La figura humana constituye el motivo principal de este estilo Clásico Tardío, reproduciendo el tipo físico maya clásico, con nariz aguileña, deformación craneana y ojos estrábicos. Se evitaba toda distorsión o presentación abstracta, geométrica o impresionista de los personajes, observándose una tendencia al naturalismo en las proporciones, las líneas suaves de contorno y los colores.

Las pinturas murales más famosas del área maya son, sin duda, por su extraordinario estado de conservación, las de Bonampak (Chiapas), pero también se han hallado fragmentos en Uaxactún, Palenque, Coba, Calakmul y Chichén Itzá. De hecho los edificios de las ciudades mayas que ahora muestran la piedra desnuda estaban en su época totalmente pintados, tanto interior como exteriormente.. En esas pinturas los artistas mayas plasmaron una gran variedad de temas que demuestran la complejidad de la su cultura.

Los pinturas murales de Bonampak ocupan las paredes de tres habitaciones de un edificio que data del 790 d.C. Relatan acontecimientos bélicos que incluyen las ceremonias preliminares a la batalla (cuarto I), la batalla (cuarto II) y el sacrificio final (cuarto III).

Los murales fueron elaborados a finales del siglo VIII bajo el gobierno de Chaan Muan. Los murales se encuentran en el interior de uno de los edificios del sitio de Bonampak y ocupan la totalidad de los muros de tres habitaciones o cuartos. Todos los rituales importantes en la vida de los mayas estan representados: la presentación del heredero, la celebración de una victoria en la guerra y el sacrificio y los eventos conmemorativos.

Los murales contienen a 126 personas de diferentes niveles sociales: gobernantes, funcionarios de alta jerarquía, niños, mujeres, bailarines, músicos, mercaderes, escribas, sirvientes, hechiceros, esclavos y sacerdotes. 
Cuarto 1 

Representa la presentación de un joven heredero a un grupo de personajes importantes y de alto rango social. La composición de las pinturas se encuentra en forma de registros, es decir, espacios horizontales limitados arriba y abajo por líneas o bandas que ubican la escena en un contexto determinado.

Cuarto 2

 Se muestran escenas de una batalla en la que se proveen de cautivos para sacrificios humanos. Las composiciones de las pinturas toman en cuenta la estructura arquitectónica y la participación de las figuras para la lectura ya que se está contando una historia. Las figuras que están de frente son las de más jerarquía que las que están de perfil y entre ellas, las figuras que ocupan un espacio más amplio, son las más importantes y corresponden a un personaje de más alto rango. También tienen que ver con la posición que ocupan; mientras más arriba, mayor es la importancia del personaje. El personaje de la derecha es Chaan Muan II, señor del linaje de Bonampak, sostén del cosmos.

Cuarto 3

Se representa a la elite de Bonampak en torno a la figura del heredero. La composición es continua de una pared a otra. Los colores de fondo fueron utilizados para crear un ambiente y separar distintos momentos y espacios en la historia que narra el mural.

Es interesante observar las direcciones de las cabezas y cuerpos de los personajes en esta imagen. Los cambios de dirección de izquierda a derecha enfatizan distintos puntos de interés en la composición.
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Los ceramistas mayas reflejaron diversos aspectos relacionados con temas mitológicos y cortesanos; la cerámica polícroma, asociada con el mundo funerario, fue la más extendida. La técnica era similar a la de los murales aunque jugaron también con las posibilidades expresivas que les brindaba el engobe (pasta que se obtenía de mezclar arcilla y minerales con agua) y el pulimento. Solían ser cilindros, platos y fuentes de distinto tamaño donde la pintura cubría casi la totalidad de la superficie. Los perfiles de los dibujos se realizaban en negro sobre un fondo monocromo, crema o anaranjado. 

Los artistas mayas supieron, con una extraordinaria sensibilidad, unir las representaciones pictóricas y la escritura jeroglífica para crear complejas composiciones en cerámica en las que es evidente su dominio de la cosmogonía y la historia de su pueblo; unas obras que se sitúan entre las mejores del mundo. La sofisticación técnica de la cerámica pintada durante el período Clásico maya no tiene parangón en ninguna otra parte de Mesoamérica.





Las vasijas las moldeaban a mano añadiendo pequeños rodillos de barro a una base con forma plana hasta obtener piezas simétricas de paredes muy delgadas. Aunque es cierto que en otras partes se utilizó este tipo de pintura, ninguna cerámica supera a la maya en el pulimento de las superficies, la amplia gama de colores y su excelente acabado.

LAS FIGURAS DE BARRO

Una de las manifestaciones artísticas más propias de los mayas fueron las figuras de barro. Cualquier síntesis del arte maya, por breve que sea, no puede ignorar las esculturas que, pese a su reducido tamaño y a lo perecedero del material en que se hicieron, no dejan de ser obras maestras.

Las figurillas de barro aparecieron desde el Preclásico inferior; eran modeladas con rasgos toscos, incisión, perforación y pastillaje. Desaparecieron durante el Preclásico superior y volvieron a producirse durante el Clásico Tardío. 


Se han encontrado en numerosos sitios del territorio maya, pero particularmente se han hallado numerosos ejemplares en Palenque, Jonuta y sobre todo en la pequeña isla de Jaina (al noroeste del estado mexicano de Campeche), hasta donde llegaban para ser enterrados personajes ilustres al tiempo que los artesanos de la necrópolis preparaban los ajuares que habían de acompañarles en su viaje al mundo de los muertos.

A grandes rasgos, estas figurillas, ya sea modeladas a mano o hechas en molde, acaso policromadas todas, ofrecen una variedad increíble de seres (animales, vegetales, humanos, sobrenaturales), una extraordinaria fantasía en el atuendo, una notable diversidad de individuos (hombres, mujeres; señores y gente común; sacerdotes, deidades; parejas humanas o mixtas, enanos, jugadores de pelota, guerreros, tejedoras, etc.

De nuevo el culto a la muerte vuelve a jugar un papel importante en el arte. Fabricadas para acompañar a los muertos en la sepultura, son representaciones de la vida, por su realismo, su autenticidad, el extraordinario sentido de observación que revelan y la facilidad con la que sus autores supieron expresarla; de ahí que, cientos de años después, se hayan convertido en un magnífico testimonio de la vida cotidiana de los mayas.
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LAS ARTES
EL LEGADO ARTÍSTICO
Los mayas desarrollaron un extraordinario arte escultórico y pictórico, íntimamente asociado a la arquitectura de los espacios donde se realizaba el culto religioso y se concentraban las actividades políticas. Los edificios se construyeron de mampostería y fueron recubiertos con gruesas capas de estuco o con piedras pulidas.

Generalmente las construcciones se adaptaban a los puntos cardinales y a las trayectorias de los astros, y los sitios elegidos para levantar las ciudades presentaban características geográficas que para ellos poseían cualidades sagradas. Los espacios ceremoniales, que por lo común se encontraban en el centro de las grandes urbes, fueron construidos como un microcosmos que simbolizaba los grandes espacios del universo: el cielo, la tierra y el inframundo.

Además de la arquitectura y la escultura, destacaron en la cerámica pintada y en múltiples objetos pequeños, como joyas de jade, adornos de hueso y concha, de pedernal y madera, y figurillas de barro. 

En el arte plástico el hombre maya expresó su concepto de la belleza, la dignidad y la grandeza del ser humano, al que consideró como el eje del universo, el sustentador de los dioses y, por ello, el responsable de la existencia del cosmos. En numerosas estelas, dinteles y lápidas de las grandes ciudades, el hombre se retrató en su condición de gobernante, centro y vértice de todo por decreto divino; se muestra en su condición de guerrero y conquistador, portando sus armas y humillando a los vencidos,; en su función de venerador de los dioses, realizando las ofrendas y cumpliendo con los ritos sagrados a través de ofrecer a los dioses su sangre y su semen.

Puede también verse a los hombres comunes en los distintos aspectos de su vida cotidiana, desempeñando diversas actividades; como en la cerámica y en las figurillas de barro de la Isla de Jaina. Rostros humanos, retratos de hombres concretos, alternan con imágenes de los seres sagrados y con numerosos símbolos en basamentos de templos y otras construcciones. Y en todas las imágenes los mayas lograron una gran expresividad y dinamismo, una extraordinaria vitalidad y una incomparable belleza. Los rostros esculpidos expresan espiritualidad, vida interior y armonía con el mundo; los cuerpos adoptan formas y movimientos naturales y hay un cuidadoso manejo de las manos y los pies, que también son altamente expresivos.


Una particularidad del arte maya es la gran variedad de estilos, que responden a la autonomía política de las ciudades-estado. Así como no hubo nunca una centralización política, tampoco hubo un arte oficial uniforme, sino una gran libertad creadora, incluso en una misma ciudad. Sin embargo, hay algunas peculiaridades, tanto arquitectónicas como escultóricas y temáticas, que permiten hablar de "arte maya" y que lo diferencian del de los otros pueblos mesoamericanos.

Desarrollaron diversos estilos en arquitectura, pintura, escultura y demás manifestaciones artísticas en las que desplegaron un alto grado de calidad técnica y la labor de los artistas estivo íntimamente relacionado con las características sociales, culturales y políticas de su entorno.

Los grandes conjuntos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos eran escenarios para toda actividad ritual y cortesana, la cual supuso el uso de artículos lujosamente elaborados, como los vestidos, los adornos personales y otros de uso ritual. En buena medida, el arte maya fue creciendo en interés y calidad desde el periodo Preclásico; sin embargo fue en el Clásico cuando se alcanzaron los niveles más altos de elaboración artística, tanto en las artes monumentales como en los objetos de uso cotidiano.

LA ESCULTURA. 
Incluye una gran variedad de manifestaciones: altares, estelas, lápidas, dinteles, tableros, tronos, columnas y figuras. Sus principales características son la utilización del relieve, la monumentalidad en el tratamiento de los temas, el uso del color en el acabado superficial, la dependencia del ámbito arquitectónico, la profusión de signos caligráficos y ornamentales, la relevancia de las líneas y el carácter abigarrado y escenográfico de la composición. 

Las estelas conmemorativas son trabajos magníficos entre los que cabe destacar las halladas en Tikal, Copán y Quiriguá. Se trata de enormes monolitos de piedra clavados verticalmente en el suelo, en las que los escultores mayas tallaron en bajorrelieve imágenes de sus gobernantes. 


Se erigían al finalizar un periodo de tiempo, cada 5 y cada 20 años, y en ellas se narraban los acontecimientos más importantes de su tiempo. Excelentes son los dinteles figurativos que flanqueaban las puertas de los palacios y templos de Yaxchilán, los altares de Piedras Negras y los monumentos zoomorfos de Quiriguá, aunque quizá el mejor ejemplo de la escultura maya sean los paneles de los edificios de Palenque: el palacio, y los templos de las Inscripciones, del Sol, de la Cruz y de la Cruz Foliada, que constituyen uno de los mejores ejemplos de cómo el hombre maya fue capaz de plasmar en piedra su universo.
  

Del arte escultórico de los mayas debe señalarse la diferencias fundamentales que presenta; por una parte en el área central y en el norte de Yucatán por otra. Mientras que en el Petén, la región del río Motagua y la cuenca del Usumacinta, la escultura representó más a los hombres que a los dioses, a seres que seguramente existieron y no a conceptos religiosos, abstractos o personalizados, por el contrario la escultura clásica del área septentrional es esencialmente religiosa, y son las deidades -casi una única, Chaac, dios de la lluvia-, los principales motivos esculpidos. Mientras que en las grandes ciudades del centro: Tikal, Uaxactún, Copán, Quirigua, Yaxchilán, Piedras Negras, Bonampak, Palenque, Comalcalco, etc., las manifestaciones escultóricas son estelas, dinteles y tableros, en Yucatán la escultura servía de complemento a la arquitectura y cubría los frisos de las fachadas.
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Los mayas temían a la muerte y lloraban su llegada. Como sea que toda su vida era colectiva, la muerte al ser algo individual separaba a la persona del clan en el que había pertenecido desde su nacimiento.

Los rituales funerarios sugieren la existencia de una religión cuya esencia se refiere a la vida, la muerte y la resurrección. Los dioses fueron el emblema de la transformación eterna del universo y del hombre. Al morir envolvían al difunto en un sudario, que de ordinario era su propia manta. Dentro de la boca se le ponía maíz molido y unas cuentas de jade “para que no careciera de recursos en la otra vida”.

Al hombre común se le enterraba en el piso de tierra de su casa con objetos que le habían pertenecido en vida y les ponían vasijas con alimentos y bebidas. En algunos lugares los cuerpos de los nobles eran incinerados y sus cenizas depositadas en una urna de cerámica o de madera.

Los mayas creían en la inmortalidad y en una suerte de cielo e infierno. Aquellos que habían observado fielmente los rituales iban a un lugar bajo la sombra del “primer árbol del mundo”; a donde iban los demás no se conoce con certeza. Si bien creían en un mundo vertical con un cielo y un infierno a donde iban a morar las almas de los muertos, ambas moradas carecían de significado moral. En el mundo maya no se recompensaban los actos piadosos; al lugar dónde irían después de morir dependía más de lo que se había sido que de lo que se había hecho. Así, por ejemplo, guerreros, pescadores, sacerdotes, mujeres fallecidas de parto, etc. fluirían a ese cielo en el que vivían sus dioses tutelares.

Los mayas practicaban dos clases de ritos funerarios, la cremación y el entierro. Los grandes personajes eran enterrados con toda solemnidad en cámaras subterráneas, en posición sedente, ricamente vestidos y acompañados de sus armas. Los demás, eran incinerados. Estudios y hallazgos apuntan a que los enterramientos humanos en cuevas con frecuencia estaban asociados a la cremación y a la colocación de los restos en ollas, presentándose en algunos casos verdaderos osarios.


Tuvieron diferentes tipos de enterramiento según la categoría del difunto. Los más sencillos eran simples hoyos abiertos en la tierra o en el relleno de una construcción, sin ninguna obra intencional que los delimite. También usaron cuevas, oquedades naturales o cisternas excavadas en el suelo o en sepulturas en el suelo o edificios, con muros toscos de mampostería o piedras secas, generalmente sin tapa y de menor tamaño que la longitud de un cuerpo extendido. 

Otra variedad fue el enterramiento en fosas, especie de ataúdes cuidadosamente hechos de losas o mampostería, cubierto con una tapa, por lo general con piso de estuco, en que cabía un cuerpo extendido, y que fueron cavados en el suelo o dentro de edificios; precisamente dentro de edificios se utilizaron cámaras especialmente construidas para vello; eran cuartos de tamaño variable, suficientemente altos para que pudiera estar un hombre de pie, con muros de mampostería y techos generalmente de bóveda. Señalar también los enterramientos en sarcófagos en piedra o hechos de losas que se han encontrado en distintos tipos de cámaras funerarias.
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EL JUEGO DE PELOTA
Sin ningún género de duda el juego de pelota es el deporte prehispánico más importante de todas las culturas, no solo maya, sino mesoamericana. A lo largo de más de dos mil años el juego de pelota pasó por diversas funciones, significados e importancia, habiéndose encontrado un gran número de espacios dedicados a su práctica a lo largo de toda Mesoamérica. No todas las canchas son iguales y la iconografía presenta variantes también, pero existe una unidad que da al juego un significado esencial. El sagrado juego de pelota tenía un sentido ritual y político.

En Chiapas se descubrió un juego de pelota que fue construido entre 1400 y 1250 a.C., casi cinco siglos antes de las canchas más antiguas conocidas en Guatemala. No hay duda tampoco de la existencia de juego durante el Preclásico Medio.

Desde el periodo Clásico, el juego de pelota fue uno de los ritos de los gobernantes mayas. Jugar a la pelota era un acto de magia para propiciar el movimiento de los astros en el cielo y la lucha de los contrarios cósmicos que hacía posible la existencia del universo. Sobre la cancha, que simbolizaba el cielo, el movimiento de la pelota recreaba las fuerzas contrarias en pugna y a la vez en armonía: Sol y Luna, día y noche, cielo e inframundo, vida y muerte. Por el sentido de lucha de contrarios, el juego se asoció con la guerra, lo que se corrobora en los relieves de jugadores con atributos guerreros que adornan, por ejemplo, el gran campo de juego de Chichén Itzá. 


En el periodo Posclásico el juego se había convertido también en una actividad profana. Había jugadores profesionales que eran protegidos por los gobernantes e incluso se hacían apuestas. Sin embargo, se conservaba la tradición de que los mandatarios jugaran como parte de sus obligaciones rituales.

En el Popol Vuh se relata que en los lejanos tiempos de la creación del universo, dos hermanos, Hunahpú e Ixbalanqué, representaban el lado luminoso del cosmos; ellos debieron enfrentarse a los seres de la oscuridad en una pugna que fue resuelta mediante la práctica del juego de pelota, iniciando con este encuentro dialéctico el eterno movimiento del día y la noche, de la luz y la oscuridad y de la vida y la muerte.También se dice que los hermanos divinos retaron a los dioses de la muerte y bajaron al inframundo para realizar el deporte ritual, conocido en la lengua maya como pok a pok, que debía su nombre al curioso sonido que producía la pelota contra el suelo y las paredes de las canchas, o cuando los jugadores la golpeaban con sus antebrazos o sus caderas.


De acuerdo con el relato, Hunahpú e Ixbalanqué jugaron denodadamente en el inframundo; su habilidad y la de los señores de la muerte se mostraba en cada una de las difíciles jugadas que se ejecutaban; la pareja de seres luminosos buscaba a toda costa la victoria, golpeando la pelota con la cadera, lanzándola cada vez más lejos y a mayor velocidad. A su vez, los engendros del inframundo respondían con destreza uno a uno los golpes de pelota.

Aunque en los tiempos cercanos a la Conquista también se jugaba a la pelota con un carácter secular y que incluso se apostaban esclavos, textiles de gran valor e importantes tesoros de oro y jade, el pok a pok, continuó siendo un rito solemne cuyo carácter astral lo vinculaba directamente con el enfrentamiento de los elementos contrarios del universo, en especial con la eterna lucha de la luz y la oscuridad. Así, el espacio, cancha o patio donde se jugaba tenían una connotación semejante a los planos celestes, de tal manera que los jugadores se transformaban en seres luminosos u oscuros como el Sol, la Luna y las estrellas. 

El espacio para el juego está constituido por dos edificios paralelos, relativamente estrechos, separados por una superficie plana, que forma la cancha propiamente dicha. Cada estructura lateral es un muro inclinado que remata en una cornisa. La parte inferior del muro suele llegar hasta la superficie plana, aunque a veces descansa sobre una pequeña banqueta. Algunas cuentan con dos edificios más que complementan los cuatro lados de un rectángulo, pero conservando un espacio entre los muros largos y los cortos; otros modelos cierran el espacio formando una “I” latina mayúscula. En total hay 11 tipos de canchas, tomando también en cuenta las diferencias en las cornisas y los remates de los muros.

Considerando el atuendo usado en el juego de pelota (cascos, arreos, cinturó, guantes, protectores de los brazos y rodilleras) y la semejanza en la forma de golpear la pelota, aunado a ciertos símbolos representados en iconografía, se ha esbozado un reglamento básico de lo que pudo haber sido el juego de pelota en la antigüedad.

El número de jugadores variaba entre uno por bando y siete; la pelota era de hule con un peso aproximado de 3 kilogramos. La pelota se lanzaba con el antebrazo, la espalda, el hombro o las caderas (según costumbres cronológicas y locales) directamente al campo contrario o utilizando el rebote de la pared con el objetivo de provocar la falta del contrario, es decir, cuando éste tocaba la pelota con la cabeza, los pies o las manos o cuando no lograba recogerla para lanzarla de nuevo.

Existe una discusión sobre si la pelota se hacía pasar por el orificio de los aros (en este supuesto se daba por terminado el partido debido a la dificultad de dicha hazaña), así como sobre si las representaciones en piedra de los yugos, hachas y palmas formaban parte de la indumentaria de los jugadores. Las hipótesis apuntan hacia teorías relacionadas con el simbolismo del fuego, el rito de la fertilidad y factores de tipo ceremonial, guerrero, astral o económico.

El juego de pelota simboliza la lucha de contrarios. Las representaciones de plantas, árboles y figuras esqueléticas lo vinculan con la fertilidad, el sostenimiento del cosmos a través del sacrificio, la vida y la muerte. La cancha es una herida en la tierra que representa una entrada al inframundo, de ahí que la mayoría de las canchas se encuentren en niveles más bajos que el de otros edificios.

El juego representa un acceso al inframundo y, al mismo tiempo, la posibilidad del renacimiento. El movimiento surgía de una armonía dual en la unidad de los opuestos en la cancha. Era el equilibrio que el hombre maya buscaba y encontraba en la naturaleza i el símbolo del movimiento era la manifestación gráfica más clara de un mundo que unificaba los opuestos.
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El sacrificio humano entre los mayas fue una manera extraordinaria de utilizar todos los posibles sentidos de la muerte ritual, para mantener la vida más allá de la muerte, y para tener la impresión de que se controlaba un universo que se percibía como excesivamente inestable.

El sacrificio humano era un medio para alimentar a los dioses. Se explica porqué los dioses eran seres imperfectos que nacían y morían y que, por tanto, debían de alimentarse para sobrevivir. Así, al igual que los dioses habían dado su sangre para crear a los hombres, éstos debían sacrificarse para ofrecer su energía vital a los dioses. La sangre se convertía así en el lazo esencial entre hombres y dioses que hacía posible la vida de todo el cosmos.

El sacrificio reforzaba la consanguinidad de hombres y dioses; la sangre como energía esencial provenía de las deidades y retornaba a ellas a través de sacrificio de los hombres. Sin sangre los dioses perecerían y la habría acabado. Paradójicamente, dado el valor que los mayas atribuían a la vida, mataban para evitar la muerte. Por eso creían que las personas sacrificadas ritualmente y todas cuantas habían ofrecido su vida para dar vida gozarían de una vida eterna en el más allá.

El banquete antropófago era un evento religioso y social muy importante. Se comía al muerto divinizado, se unía con él, pero también se trataba de una ocasión para invitar y honrar a familiares, para hacer relaciones con personajes importantes, para ganar prestigio. De todas formas hay que tener en cuenta que los sacrificios masivos se daban sólo en algunas grandes ciudades, y que se comían sólo pequeños pedazos de los cuerpos.


La extracción del corazón expresa claramente el elemento básico del sacrificio humano: la noción de deuda; las criaturas debían la vida a sus creadores y debían pagarla con su propia sangre.

El sacrificio humano era un rito que se había practicado durante centenares de años; pero, ¿cómo se justifica? Los mitos y ritos de los mayas permiten comprender la ideología del sacrificio humano y desentrañar sus múltiples niveles de significación. En la base de todo está la noción de deuda. Una criatura debe la vida, y todo lo que hace posible vivir, a sus creadores. Debe reconocerlo y pagar su deuda mediante el ofrecimiento de incienso, tabaco, alimentos, o incluso su propia sangre, lo que representaba una obligación mayor.


En lo esencial, el sacrificio humano era expiación y un medio de destruir el cuerpo-materia para sobrevivir después de la muerte; morir para ir a la casa del Sol. Se trataba también de un medio para alimentar a los dioses y vitalizarlos, aunque esto también se hacía con animales u otras comidas, como incienso, hierbas, flores, papel...

La mayor parte de las inmolaciones se realizaba a lo largo de los ciclos festivos de los meses del calendario solar y del calendario de 260 días, muchos de los cuales eran “aniversarios” de dioses. Las fiestas del año solar eran especialmente importantes porque en ellas se recreaban –de diferentes maneras, según la ciudad que las celebraba–, diversos aspectos de la cosmogonía mesoamericana: la expulsión del paraíso, la creación de la tierra y el nacimiento de Venus y del maíz, las migraciones de los pueblos en las tinieblas, el sacrificio del Sol y la Luna, su victoria en el inframundo. Después se recreaban la salida del Sol y la primera guerra efectuada para alimentarlo, fiesta que era al mismo tiempo la de la cosecha del maíz para los hombres y la cosecha de guerreros para el Sol y la Tierra. 

Posteriormente venían las recreaciones del paraíso perdido y la de la transgresión que coincidía con la puesta del Sol, el cual penetraba a la tierra y la fecundaba. En esas celebraciones morían y nacían de nuevo casi todos los dioses –con excepción de la pareja creadora, que no recibía culto por parte de los hombres y únicamente se ocupaba en crear chispas de vida–, los de la tierra, del agua, del maíz, de los cerros, del pulque, de la caza, los de la muerte y del fuego, de las flores, del amor, del agua, de la sal, de la pimienta, etc. Había otras muchas ocasiones que requerían de sacrificios humanos: guerras y batallas; desajustes del orden cósmico, como eclipses, sequías, hambres, inundaciones; la expiación por ofensas en el culto a los dioses, como robo de objetos sagrados, dejar escapar víctimas, etc.; motivos personales, como cuando un padre que escapaba de la muerte ofrecía a su hijo en pago; y, finalmente, la inmolación de acompañantes para los difuntos.

Una misma víctima podía morir para expiar y sobrevivir en el más allá; para hacer morir y renacer a una deidad y a lo que encarnaba, así como a su propio Señor, su sacrificante; para alimentar y vivificar a una deidad; para sostener la bóveda celeste; para fecundar la tierra; para aplacar a los dioses, darles las gracias, reconocer su superioridad y poner de manifiesto la dependencia del hombre.

Los principales actores del sacrificio eran los sacrificantes, los sacrificadores y los sacrificados. Entre los primeros había guerreros; mercaderes, artesanos ricos y otros particulares; representantes de corporaciones, nobles y Señores. El Estado, que se hacía cargo del costo de las guerras, también ofrecía en ocasiones víctimas, las cuales eran parte del tributo de otras ciudades. Sin embargo, generalmente las víctimas eran capturadas durante las guerras de conquista o bien eran compradas por individuos que recibían apoyo de su familia y del grupo al que pertenecían.

Los sacrificantes se hacían notar; por ejemplo, el guerrero lo hacía desde el campo de batalla, luego en su entrada triunfal a la ciudad con sus cautivos, en la presentación pública de éstos, en las danzas, en la velación con las víctimas en su última noche, en la marcha al templo con el vencido, en el banquete posterior, todo lo cual conllevaba prestigio y honores. Lo mismo ocurría cuando se trataba de un esclavo purificado. Debía anunciarse la intención de inmolar, comprar y presentar a una víctima, la cual iba vestida por la ciudad, durante semanas, meses o todo el año, como una deidad y, además, debía desempeñar el papel de esa deidad y ser tratada como tal. También había que velar a la víctima en su última noche, llevarla al templo e incluso subir por la pirámide hasta la piedra de sacrificio y ver al dios (en su templo), cara a cara, es decir, morir simbólicamente.

Los sacrificadores eran por lo general sacerdotes especializados; por cierto, muy poco estimados por los mayas. Hay que distinguir entre los grupos de ayudantes, que se encargaban de sujetar a la víctima, y quienes extraían algo del cuerpo de la víctima (el corazón, la sangre, las entrañas), los cuales manejaban un cuchillo que podía simbolizar la mano del dios o el rayo celestial. A veces algunos guerreros (en el sacrificio gladiatorio) o gran parte de los que asistían al ritual participaban en la muerte del sacrificado. Cabe agregar que los sacrificadores, los sacrificantes, el público y, en menor grado, las víctimas, se preparaban y asociaban al sacrificio mediante diversas penitencias, auto-sacrificios, ayunos, continencia y danzas.

La cantidad de víctimas variaba mucho de acuerdo con la importancia de la ciudad o el pueblo. El registro de las distintas maneras de sacrificar era variado y sujeto a rituales y mitos: las más comunes eran la extracción del corazón y la decapitación; también el flechamiento, el sacrificio gladiatorio, por fuego, enterrar viva a la víctima, por despeñamiento, estrujamiento en una red, derrumbamiento de un techo sobre las víctimas, descuartizamiento, lapidación, etc. En ocasiones se podían combinar dos, tres y hasta cuatro métodos de muerte ritual; por ejemplo, en honor del Sol y de la tierra, se hacía extracción del corazón y luego decapitación, o a la inversa; también podía arrojarse a la víctima al fuego y luego realizar estos dos últimos métodos. El uso de anestésicos y alucinógenos era común en los sacrificios.
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La vida de los primeros habitantes del área maya giraba alrededor de los elementos naturales y del cultivo y recolección de sus cosechas. Con la vida sedentaria y la práctica continua de una agricultura primitiva, surgió un sencillo culto de la naturaleza y de los elementos ligados a la siembra: el sol, la lluvia, el viento, el agua, etc.

Habría que imaginar que las sencillas ceremonias eran oficiadas y dirigidas por el jefe de la familia. Posteriormente, con la tecnificación incipiente de la agricultura, la práctica religiosa fue organizada en forma más compleja y surgieron los primeros sacerdotes profesionales. Los sacerdotes se convirtieron los depositarios de la ciencia y adquirieron un poder político creciente que los transformó en una casta dominante. A ellos se debió el perfeccionamiento del calendario, la cronología y la escritura jeroglífica.

Según los mitos mayas, la creación del cosmos no fue un sólo acto que ocurrió en un tiempo remoto, sino un proceso continuo como los ciclos de la naturaleza. Siempre creyeron que el universo se estaba construyendo y destruyendo constantemente por la acción de energías sagradas o deidades, por lo que se creó una cadena de ciclos o eras cósmicas, en las cuales han existido distintos tipos de hombres.

La idea central de estos mitos fue concebir al mundo con la finalidad de servir de habitación a un ser consciente, capaz de reconocer, venerar y alimentar a sus creadores, para que ellos pudieran seguir infundiendo vida al cosmos; el ser del hombre, que ocupa el puesto central del cosmos.

En el tiempo primordial, cuando sólo existían el cielo y el mar, los dioses creadores, Padre y Madre, decidieron la aparición del hombre y el mundo, y por medio de la palabra, hicieron emerger la tierra y los seres que la habitaban: árboles, plantas y animales. Los animales fueron interrogados por los dioses para saber si podían reconocerlos y venerarlos, pero no fueron conscientes ni supieron hablar. Entonces los dioses formaron, en sucesivas etapas o edades cósmicas, hombres de barro y de madera, que no respondieron a sus deseos. Los de barro fueron destruidos por un diluvio de agua y los de madera se transformaron en monos, que vivieron en su mundo hasta la llegada de un diluvio de resina ardiente que los desapareció. Finalmente, los creadores encontraron la materia sagrada: el maíz, que mezclado con sangre dieron como resultado al hombre requerido. Un hombre consciente de los dioses y de sí mismo, como sustentador de ellos. Cualitativamente distinto de los anteriores y mantenedor de los dioses por llevar en su propia constitución física los elementos sagrados: maíz y sangre de los dioses, que le dieron la conciencia. En este mito cosmogónico tan estructurado se expresó claramente la idea del hombre que mantuvieron los mayas y en el cual se basó toda su cultura.

Así, pues, el hombre es el ser creado con la misión de sustentar y venerar a los dioses, y el mundo es su habitación. Sin el hombre los dioses perecen y sin los dioses, el universo entero muere. Entonces el hombre deberá alimentar a los dioses con diversas sustancias sutiles: humo de copal, aroma de flores, olores de frutos y alimentos cocinados, pero principalmente, con la energía sagrada que los dioses emplearon para crearlo, su propia sangre, donde reside el espíritu o energía vital. Así, en este mito cosmogónico, se explica y se da una justificación del sacrificio humano.

Según el mito del Popol Vuh, en épocas cósmicas anteriores aparecieron soles que, como los hombres, eran falsos; el de la segunda edad fue destruido por dos héroes que se transformaron en el Sol y la Luna de la última edad: Hunahpú (Sol diurno) e Ixbalanqué (Sol nocturno o Luna). Con la aparición del Sol y la Luna culminó la creación del mundo. El movimiento del Sol, dio lugar al tiempo "histórico", se inició cuando los hombres ofrecieron a los dioses sacrificios humanos para alimentarlos.

Estas creencias cosmogónicas, recogidas en los textos indígenas, escritos después de la Conquista, ya existían en el periodo Clásico, como lo revelan las lecturas interpretativas de los textos jeroglíficos conservados en varias ciudades mayas, como Cobá y Palenque. En ellos se asentó que el mundo fue creado por el Primer Padre y la Primera Madre en el día 4 Ahau 8 Cumk’ú, fecha que en el calendario gregoriano corresponde al 13 de agosto de 3114 a.C., y que funcionó como "fecha era", o punto de partida, en los cómputos calendáricos.

En cuanto a la estructura del cosmos, no puede entenderse en el mundo mesoamericano la idea de tiempo separado del espacio, porque espacio y tiempo no son dos aspectos distintos: el tiempo no es otra cosa que el movimiento del espacio. El mejor ejemplo de la concepción cíclica del tiempo de los pueblos mesoamericanos son los mitos del origen del cosmos, en los que el mundo se ordena y se desordena cíclicamente. Los mayas destacaron por una excepcional conciencia de la temporalidad. Concibieron el tiempo como el cambio cósmico producido, en esencia, por el movimiento del Sol.

El tránsito del Sol fue captado como un movimiento circular alrededor de la tierra, que determinó los cambios que en ella ocurren; razón por la cuál, el tiempo se pensó como un movimiento cíclico. Este movimiento siguió leyes estables, como se manifestó en la regularidad de los ciclos naturales, de modo que el tiempo es el orden, la racionalidad y la permanencia del cosmos.

Para los mayas, el universo estaba conformado por tres grandes ámbitos en sentido vertical: el cielo, dividido en trece niveles; la tierra, imaginada como una plancha cuadrangular; y el inframundo, formado por nueve niveles.

El cielo, dividido en trece niveles horizontales, se imaginaba como una pirámide escalonada, que se asentaba en el nivel terrestre. También es considerada la montaña sagrada. Entre los mayas yucatecos el cielo era regido por Oxlahuntikú, "trece dios", una deidad que era una y trece simultáneamente. Había otros dioses en los distintos estratos y en el nivel más alto reside el dios supremo, principio vital del cosmos, Itzamná, que se denomina también Hunab Ku, "Dios Uno".

Los basamentos piramidales escalonados que se construyeron en la mayoría de las ciudades, y que tienen una escalinata que conduce a la parte superior, donde se encuentra el templo son símbolos del cielo y la montaña sagrada. Varios de estos basamentos tienen precisamente trece niveles, como el del Templo de la Cruz de Palenque, dedicado precisamente al dios celeste creador.

Los mayas imaginaron la tierra como un enorme cocodrilo sobre el que los hombres de la cuarta creación se desplazaban sin saberlo y en cuyo dorso nacía toda la vegetación conocida: los bosques, las selvas, los desiertos y las tundras. Encima de este cocodrilo habitaron los antiguos mayas y construyeron palacios y templos para sus dioses de acuerdo con los movimientos celestes que el Primer Padre imprimió al cielo el día de la creación.

Bajo este cocodrilo se hallaba el inframundo, dividido en nueve pisos, y en cuya parte inferior se encontraba el reino de Xibalbá. En el inframundo vivían los muertos en compañía de los animales nocturnos o peligrosos, como los murciélagos, los búhos y los jaguares, y ciertas deidades conocidas como Bolontikú.

El mismo día que el Primer Padre alzó el Árbol del Mundo, estableció también las ocho direcciones del cosmos, que se desplegaron sobre la tierra: cuatro divisiones, cuatro esquinas. Al hablar de estas direcciones, los mayas se referían a los puntos cardinales y las cuatro esquinas del universo. A pesar de ello, los mayas reconocían cinco direcciones básicas: el centro y los puntos cardinales, a cada uno de los cuales le correspondía un color: al norte, el blanco; al sur, el amarillo; al oeste, el negro; y al este, el rojo.

En cada uno de ellos había un Bacab - seres celestes que cargaba sobre sus espaldas una porción de cielo para sostenerlo durante toda la eternidad. Y el centro, donde estaban ubicados el Árbol del Mundo y las tres piedras de la creación, se consideraba el ombligo del mundo, el cordón umbilical con el que la humanidad se conectaba con los dioses y la fuente de la vida.

Otros dos puntos esenciales en la cosmología maya son: el más alto en el centro del cielo (cénit) y el más bajo en el centro del inframundo (nadir). Estos dos puntos eran los dos extremos del eje vertical del mundo, por lo que el centro de la tierra, por donde pasa el eje, era el centro del universo, la quinta dirección, el punto de unión entre el cielo, la tierra y el inframundo.

En el estrato más bajo o Xibalbá, "lugar de los que se desvanecen, residía el dios de la muerte, Ah Puch, el descarnado". A está región era donde iban los espíritus de los muertos, para integrarse a la energía de muerte. Como en el caso del cielo, algunos basamentos piramidales también representaron el inframundo, como el Templo de las Inscripciones de Palenque, que tiene nueve niveles, y bajo el cual se halló la sepultura de Señor K’inich Janaab’ Pacal (615-683 d.C); representando que los espíritus de los muertos debían recorrer los nueve estratos para llegar al Xibalbá.

El Ritual
Debido a la idea maya de que sin la acción ritual del hombre los dioses morirían y, con ellos, el universo entero, la vida humana estaba dedicada principalmente al servicio de los dioses.


Cada ciudad maya tenía en el centro su ámbito ceremonial, donde se llevaban a cabo los grandes ritos comunitarios. Todos los ritos tenían en común ceremonias propiciatorias, como la abstinencia sexual, el insomnio, el ayuno, los baños y las sangrías, entre otros. Asimismo, se sacralizaban el lugar y los objetos que se usarían para el rito, y se buscaba un día propicio en el calendario adivinatorio. Después de la purificación se hacían los ritos principales en donde se pronunciaban oraciones, se hacían sahumerios con resina de copal, danzas, cantos, representaciones dramáticas de los mitos y la historia de los antepasados ilustres, que eran venerados. Se ingerían comidas especiales de maíz, cacao y carne de perro o de pavo, principalmente, así como bebidas alcohólicas sagradas y, como parte central, se hacían ofrendas y sacrificios de animales y de seres humanos para alimentar a los dioses. 

Los ritos centrales eran grandes, además de las complejas ceremonias públicas relacionadas con los periodos calendáricos, como los de Año Nuevo, presididas por los sacerdotes principales. Se llevaban a cabo ritos de fertilidad, gremiales, iniciáticos, de adivinación y curación, y ritos del ciclo de vida, como embarazo, nacimiento, infancia, pubertad, matrimonio y muerte.

Estos últimos señalaban los cambios del individuo y de su función social. Las ceremonias mortuorias en particular eran muy importantes, porque ayudaban al individuo en el último gran cambio de su vida. Los mayas creían en la inmortalidad del espíritu. El lugar de destino en el más allá dependía de la forma de muerte y no de la conducta moral en la existencia corpórea. La mayoría de los espíritus iba al Xibalbá, donde se integraban a la energía de muerte.

Pero mientras descendían a través de los nueve niveles permanecían "vivos", por lo que debían ser alimentados y protegidos con agua, comida, amuletos y los objetos que habían usado en vida. Los cuerpos de los grandes señores portaban sus joyas, una máscara de jade para conservar la identidad y una cuenta de jade dentro de la boca, que recogía y preservaba el espíritu. En sus suntuosas sepulturas también iban "acompañantes": esclavos y mujeres a los que sacrificaban en el funeral.
  
EL PANTEÓN MAYA
En el Códice Dresde se dice que los mayas creían que el mundo había sido creado por un dios llamado Hunab Ku (que significa un solo dios); sin embargo este dios, que a pesar de haber creado la humanidad con granos de la planta sagrada del maíz, era considerado como un ser muy remoto por lo que figuró poco en la vida religiosa de los mayas. En cambio su hijo, Itzamná, era tenido como la principal deidad y dios universal que poseía casi todo los atributos de los demás dioses.

· Hunab Ku
Fue el dios creador del mundo y del hombre. Creían que su corazón y su mente estaban en el centro del universo y sólo a través del sol podían comunicarse con él. Sin embargo no parece haber desempeñado un papel importante en la vida de la genta del pueblo.

· Itzamná
Era hijo de Hunab Ku. Era el dios del Cielo, de la Noche y del Día. Itzamná es un caso de dios-hombre. Según la tradición maya fue un personaje prodigioso, sacerdote y jefe de una tribu que llegó a Yucatán y fundó la ciudad de Izamal desde donde inventó la escritura y los libros, y dio a los lugares de Yucatán el nombre por el que eran conocidos, además de dividir las tierras en esa región. Era un dios bondadoso y estaba representado como a un anciano sin dientes. Se le atribuía la creación de los libros y de la escritura. Y creen que fue el primer sacerdote.
Estaba asociado con Kinich Ahau, dios del Sol y con Ixchel, diosa de la Luna.

· Chaac 
Era el dios de la lluvia y de la fertilidad. Era un dios universal de gran importancia. Estaba representado con una nariz larga y dos colmillos enrollados que le salen de la boca hacia abajo y en su cabeza llevaba un trozo de tela como turbante. El dios de la lluvia era una deidad benévola, asociado con la creación y la vida. Era a la vez cada uno de los cuatro dioses de los puntos cardinales que a su vez tenían un color particular, que los diferenciaba:

El dios del Este, se llamaba Chac Xib Chaac (Hombre de Rojo).
El dios del Norte, se llamaba Sac Xib Chaac (Hombre de Blanco).
El dios del Oeste se llamaba Ek Xib Chacc (Hombre de Negro).
El dios del Sur se llamaba Kan Xib Chaac (Hombre de Amarillo).

Durante el período Posclásico sparece a partir de la influencia tolteca en Yucatán el dios tolteca Quetzalcoatl, una trasposición de Chaac. Esta identificación entre Kukulcán y Chaac era parecida a la que tuvieron en la mitología mexica Quetzalcóatl y Ehécatl, también dios del viento, que barre el camino del dios de la lluvia.

· Yum Kax
Era un dios benévolo; asociado a la vida, la prosperidad y la abundancia. Era el dios del maíz y por lo tanto también de la agricultura. Se le representaba como a un joven con una mazorca de maíz, cubierta de hojas sobre la cabeza muy deformada. Como deidad patrona de la agricultura estaba siempre ocupado en gran variedad de tareas y tenía muchos enemigos, ya que su destino estaba sujeto a los dioses de la lluvia, del viento, de la sequía, del hambre y de la muerte.

· Ah Puch

Deidad malévola; dios de la muerte violenta y los sacrificios humanos. Su imagen tenía con una calavera en la cabeza. En su torso podían verse las costillas y la columna vertebral. Si el cuerpo tenía carne, se representaba cubierta de círculos negros que indicaban putrefacción. Sus ornamentos eran cascabeles prendidos sobre el cabello o en forma de collar, en sus antebrazos y piernas, y en algunas representaciones aparece incendiando casas con una antorcha y derribándolas con una lanza. Reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos del inframundo maya.

· Ek Chuah
Era el dios de la guerra. Su figura estaba representada con el labio inferior grueso y colgando y su cuerpo pintado de color negro. Como dios de la guerra, tenía atributos malévolos y aparece en varias representaciones con una lanza, en combate o vencido por otro dios. Sin embargo tenía también otro aspecto, en este caso benévolo ya que se lo consideraba también dios de los mercaderes ambulantes y se le representaba con un hatillo de mercaderías sobre sus espaldas. Era también el dios patrono del cacao y los que se dedicaban al cultivo de este fruto le celebraban una ceremonia especial en su honor para ganarse sus favores.

· Ixchel
Era la esposa de Itzamná, el señor del cielo mientras que ella era la diosa de la luna. Era un personaje importante en el panteón maya, aunque aparentemente poco amiga del hombre. Se la representaba como a una vieja enojada, rodeada por símbolos de destrucción y muerte: una serpiente en la cabeza y huesos cruzados en su falda. Personificaba al agua como elemento destructivo que era la causa de inundaciones y otros desastres. Era también la deidad protectora de las parturientas y la inventora del arte de tejer.

· Ixtab

Los mayas creían que los suicidas se iban directamente al paraíso y por esa razón les asignaron una diosa protectora. Se la representaba colgada del cuello por medio de una soga que llegaba hasta el cielo. Con los ojos cerrados y un círculo negro en las mejillas.

· Xaman Ek
Dios de la estrella Polar; era considerada una deidad benévola. Se le representaba con una nariz encorvada y con manchas negras en la cabeza. Era considerado el dios de los comerciantes y mercaderes, ya que en sus viajes se guiaban por la estrella Polar; de hecho la única estrella fija que se puede observar en Yucatán y El Petén; de ahí que le levantaran altares a lo largo de los caminos donde le hacían ofrendas para contar con su ayuda en el recorrido. Estaba asociado al dios de la lluvia, Chaac.

Además de estos dioses principales, designaban también como dioses a los Bacab, los cuatro dioses (rojo, blanco, negro y amarillo) encargados de sostener las cuatro esquinas del mundo, que surgieron –según la mitologia maya-, después de la destrucción por el agua de la era anterior.

En el Posclásico se incluyeron en el panteón maya los dioses encargados del cosmos; es decir, los 13 dioses de la región superior (Oklahutikú) y los 9 de la región inferior (Bolontikú), los relacionados con el calendario, los patronos de los19 meses del año y los dioses de los 20 días de cada mes.
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