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Desde que el ser humano puso su primera huella en los Andes hasta la década de 1530, el hombre andino vivió apartado de la influencia de Occidente y tuvo escasos contactos con otras sociedades de la América precolombina. El logro más espectacular de la cultura andina fue el haber desarrollado una gran capacidad de adaptarse a su medio geográfico (la ecología), de administrar grandes conjuntos humanos y de hacer una efectiva redistribución de recursos a la población. Esto fue algo fue fascinó a los europeos que llegaron a los Andes en el siglo XVI. Venidos de un continente donde el hambre arreciaba constantemente, fueron testigos de excepción al ver en pleno funcionamiento el cultivo en andenes, el sistema vial culminado por los incas y los depósitos o colcas abarrotados de alimentos y otros productos (tejido) que los incas se encargaban de repartir entre la población de los ayllus.  

Estas hazañas materiales cautivaron a los cronistas y marcaron para siempre la imagen del Perú prehispánico ante el mundo. Hoy, sin embargo, tenemos una visión más global acerca de los pobladores andinos. Gracias a la  investigación arqueológica e histórica sabemos que concibieron el mundo como un inmenso tejido al aceptar formas de organización derivadas de sus dioses y que consideraron divinidades a los incas y a sus curacas. También sabemos que explicaron ritualmente (mediante mitos) su sociedad, sus diversos sistemas de organización y hasta su experiencia: la historia era registrada por una infinidad de mitos y no era lineal (o positiva) como la europea.

Las excavaciones han demostrado la presencia del hombre en los Andes por lo menos hace 10 mil años. Antes de la aparición de la primera sociedad compleja (Chavín, hacia el 1.000 a.C.) los arqueólogos distinguen etapas de cazadores-recolectores (Arcaico); horticultores, pastores y pescadores (Precerámico); y las primeras aldeas o templos (Formativo Inicial). La siguiente etapa ha sido dividida en períodos llamados “horizontes” e “intermedios”. El primero es un tiempo en que la población vivió relacionada por un poder central o por medio de patrones culturales ampliamente aceptados en la región andina; Chavín, Wari y los Incas corresponden a estos períodos de unificación. En oposición, los intermedios serían tiempos de regionalización o diversificación cultural: los reinos de Nazca, Mochica y Chimú son los ejemplos clásicos. Los horizontes indicarían un predominio serrano, mientras los intermedios un auge costeño. 

 La vida del hombre en los Andes es, pues, muy larga y debe entenderse que los Incas no fueron una ruptura en esta historia. Sus logros se explican gracias a que aprovecharon toda la experiencia anterior. Poco es lo que aportaron de original en los Andes, aunque ello no disminuye su importancia. Son el pueblo andino del que poseemos mayores testimonios y su estudio nos permite entender patrones de comportamiento y de organización anteriores a ellos. Sin los Incas hoy no manejaríamos los conocimientos que tenemos. De esta manera todo el mundo andino se comunica para nosotros: la historia de los Incas, por ejemplo, nos ayuda a entender Wari, así como los hallazgos arqueológicos de esta cultura enriquecen nuestra visión de los Incas.   

LAS PRIMERAS HUELLAS DEL HOMBRE EN LOS ANDES

Hace unos 13 mil años, en diversas oleadas, se inició el poblamiento del actual territorio peruano. Los primeros ocupantes poseían un amplio bagaje cultural: fabricaban utensilios, técnicas de caza especializada y recolección de plantas. Desde la llegada de estos cazadores-recolectores hasta la aparición de Chavín pasaron alrededor de 10 mil años. En la sierra el hombre se dedicaba a la caza de auquénidos y ciervos y recolectaba tubérculos y raíces; sus instrumentos los fabricaban con hueso, piedra (cuchillos y puntas de proyectil) y madera. En la costa la dieta estaba compuesta de peces y mariscos, pequeños roedores, lagartijas, aves y, a veces, ciervos y zorrillos. El mar, los valles y las lomas proporcionaban los principales alimentos. Las viviendas, en un primer momento, eran las cuevas y los abrigos rocosos. Hacia el 7 mil a.C. aparecieron arreglos en las cuevas: barreras de troncos y ramas en la entrada, muros pequeños de piedra y, al interior, pinturas rupestres y fogones, incluso hornos. En la costa hay campamentos semicirculares al aire libre. En esta época los hombres vivían en grupos no muy grandes de 20 a 30 individuos. Eran bandas lideradas por los más fuertes donde existía una “división del trabajo”: los hombres cazaba y pescaban; las mujeres y los jóvenes recolectaban plantas y atrapaban a los animales pequeños. Los sitios arqueológicos de Lauricocha (Huánuco), Pikimachay (Ayacucho), Toquepala (Moquegua), Guitarrero (Ancash), Telarmachay (Junín) y Cupisnique (La Libertad), entre otros, son los más representativos.

Hacia el octavo milenio se inició el proceso de domesticación de plantas. El proceso terminó con la agricultura y la construcción de las primeras aldeas y monumentos ceremoniales. En el sexto milenio se inició la domesticación de auquénidos (llamas), cuyes y patos que formó los primeros pueblos de pastores en el 4 mil a.C. En la sierra el hombre sembró oca, ají, olluco, frijol, pallar y zapallo; el maíz sería posterior (5 mil a.C.). En la costa la pesca se tecnificó (anzuelos, redes y embarcaciones) y se inició la siembra de calabaza, maní, palta, yuca, pacae algodón, lúcuma y maíz. No hay evidencia en la domesticación del perro pues al no ser oriundo de América, debió acompañar al hombre desde su ingreso al continente.

Con el cultivo de plantas se hizo necesaria la sedentarización y con ello aparecen las primeras aldeas. En la sierra estuvieron en los valles cálidos con facilidades para el cultivo. Las primeras aldeas en la costa surgieron cerca de la explotación de los recursos marinos (pesca y recolección de mariscos); eran pueblos de pescadores y recolectores de frutas cuyas viviendas eran semisubterráneas con techos de costillas de ballena o esteras de junco. Cuando la agricultura estuvo bien desarrollada se construyeron los primeros monumentos públicos. Los más antiguos fueron montículos elevados donde se diseñaron plazas, algunas hundidas, para desarrollar ceremonias rituales. Hacia el 1.800 a.C. se comenzaron a edificar grandes monumentos públicos piramidales de adobe (costa) y piedra (sierra). Los sitios arqueológicos de Kotosh (Huánuco), Huaca de los Reyes y Huaca Prieta (La Libertad), Sechín Alto y Moxeque-Pampa de las Llamas (Ancash), o Huaca La Florida, Las Haldas y Cerro Paloma (Lima), corresponden a este período.

Los tejidos más antiguos se han encontrado en Huaca Prieta (valle de Chicama); es un tejido de fibras de algodón entrelazado, sin telar, y con decoración. Los tejidos jugaron un papel importante en definir la posición social y se vincularon a prácticas rituales (entierros). La cerámica, por su lado, apareció luego de la domesticación de plantas y animales, la sedentarización y la construcción de monumentos. Probablemente vino de los actuales territorios de Ecuador o Colombia entre el 1.800 y 1.300 a.C. Las primeras piezas de cerámica reemplazaron a las de cestería y a las calabazas.

Lo cierto es que con todos estos avances culturales, producto de 10 mil años de observación y experimentación, el hombre andino se adaptó a su medio ecológico y había creado las condiciones para la aparición de las sociedades complejas o Altas Culturas del Primer Horizonte.

LAS BASES DE LA CULTURA ANDINA

En los Andes el parentesco y la reciprocidad rigieron la vida de la población. Ésta se encontraba organizada en ayllus o familias extendidas que aparecieron hacia el primer milenio a.C. Sus miembros se reconocían parientes entre sí porque descendían de un antepasado común. Este vínculo ancestral (parentesco simbólico) les obligaba a ayudarse mutuamente. En este sentido la reciprocidad se basó en el parentesco, y era un intercambio de trabajo o ayuda que se medía en tiempo de servicio. Si alguien se negaba a prestar ayuda a sus parientes recibía la sanción del grupo que podía llegar hasta la expulsión.

Las formas de trabajo al interior del ayllu eran el ayni (intercambio de servicios entre personas de un mismo status), la minca (faenas colectivas que beneficiaban a todo el grupo) y la mita (trabajo rotativo en beneficio del curaca). Los curacas eran los jefes del ayllu y eran elegidos mediante actos rituales. Ellos organizaban el trabajo, administraban justicia y dirigían el culto. En los tiempos del Tahuantinsuyo fueron los mediadores entre el Inca y el ayllu.   

En una economía sin moneda, sin mercado ni comercio, y sin un tributo tal como lo conocemos hoy , los principios de parentesco y reciprocidad fueron claves. De esta manera se desarrolló una reciprocidad con una jerarquía superior: el curaca o el Inca. Esta reciprocidad asimétrica fue la “redistribución”. En ella la autoridad proveía a los ayllus de recursos (alimentos, coca, tejido) según sus necesidades y en retribución a su trabajo en la mita. Los ayllus no daban productos a la autoridad en forma de tributo, ni el estado remuneraba con salario el trabajo de los indios. Todo esto funcionaba por medio de la reciprocidad. Los curacas, y luego los incas, almacenaban los productos obtenidos de la mita en depósitos (colcas) para luego redistribuirlos a los ayllus. Por lo tanto el poder y la riqueza no se medían en función de la acumulación de bienes sino en la capacidad de movilizar mano de obra a través del parentesco y la reciprocidad.  

Para completar la economía los ayllus desarrollaron una estrategia para captar recursos de las diversas altitudes andinas. El llamado “control vertical de los pisos ecológicos” se basa en la geografía que, en los Andes, varía según el clima de acuerdo con la elevación del terreno. A cada piso o “isla” ecológica, con su clima, corresponden determinados cultivos y ganado (auquénidos). Los ayllus aprovecharon el sistema para acceder a diferentes tipos de productos sin necesidad de comerciar. Grupos de familias eran enviadas desde el núcleo del ayllu a otras zonas y formar colonias agrícolas; estos colonos fueron los mitmaqkuna.  El control de pisos dependía del volumen de la población del ayllu; por ello a mayor cantidad de gente, más posibilidades de controlar diversas ecologías. Finalmente, entre los ayllus de la costa, se desarrolló un control pluriecológico pero de forma horizontal: colonias en los valles.

Tanto el espacio como el tiempo eran sagrados y tenían una explicación mítica y una representación ritual. La concepción del espacio era dualista, dividido en hanan y urin, opuestos complementarios. El concepto de autoridad también era dual. Los curacas y los incas no “heredaban” sus cargos, sino eran elegidos en medio de un ritual donde los urin eran siempre vencidos por los hanan. La imagen del tiempo era cíclica con sucesivas “edades” del mundo determinadas por tiempos de caos (desorden) y cosmos (orden).

La Pachamama era reconocida como la divinidad de la tierra (“madre tierra”) y productora de alimentos. Frente a ella, según el dualismo, hubo una divinidad ubicada en el mundo de arriba. Ésta parece ser Wiracocha, un dios celeste y con rasgos solares. En los mitos cuzqueños Wiracocha, luego de haber hecho una primera ordenación del mundo, mandando al sol y a la luna al cielo, dividió el mundo en cuatro partes: Chuinchaysuyo (Oeste), Collasuyo (Este), Antisuyo (Norte) y Contisuyo (Sur); luego ordenó salir a los hombres del subsuelo (pacarina); finalmente, siguiendo el camino del sol, se perdió en el oceáno. Entre la dualidad cielo-tierra había comunicación con el rayo (illapa) o la serpiente (amaru). Cada ayllu tenía sus ídolos y su huacas, o lugares sagrados, que podían ser cerros (apus), lagunas o riachuelos.

EL PRIMER HORIZONTE (1.000-200 a.C.): CHAVÍN Y PARACAS

Este período se caracteriza por ayllus organizados alrededor de templos (centros ceremoniales), basados en una agricultura avanzada (obras de irrigación) y complementada con el aprovechamiento de recursos marinos y la ganadería. Metalurgia, textilería, cerámica y escultura son técnicas que han avanzado notablemente respecto a la fase anterior. El arte está representado por imágenes impactantes (felinos, serpientes, aves de rapiña) que reflejan la ideología del momento. Toda esta influencia provino del centro ceremonial de Chavín de Huántar, ubicado en la sierra de Ancash. 

Dentro de un contexto religioso muy complejo, y que aún no entendemos del todo, el culto al felino (el jaguar o una especie de dragón que vuela) fue la manifestación más predominante en Chavín. La cerámica (monócroma y de asa estribo) y toda la producción escultórica (Lanzón monolítico, cabezas clavas, Obelisco Tello y Estela de Raimondi) demuestran esta tendencia. De otro lado, el templo Chavín de Huántar fue el típico conjunto de edificios monumentales formado por plataformas superpuestas con planta rectangular abierta hacia uno de sus lados (en forma de “U”); hay escalinatas y galerías laberínticas subterráneas. Los templos de Kuntur Wasi (Cajamarca) y Sechín (Ancash) guardan este modelo. Otros centros “chavinoides” fueron Pacopampa, Garagay, Conchopata y Chongoyape.

La influencia de Chavín se extendió desde Tumbes, por el norte, hasta Ica y Ayacucho, por el sur. Se trató de una expansión artística, cultural y religiosa propia de un culto que desarrolló un enorme prestigio entre la población. Chavín, de otro lado, diseñó algunas estrategias “estatales” propias de una sociedad teocrática aunque la arqueología no hable todavía de un “Estado Chavín”. Descubierta por Julio C. Tello (1919), la época Chavín representa para el mundo andino su primer momento de unificación cultural.

Una derivación Chavín, que luego dibujó sus propios rasgos, fue Paracas. Enclavada en medio del desierto costeño (Ica) esta cultura fue el resultado de una fusión de la tradición local, aldeas de pescadores, con las más sofisticadas tecnologías y formas ideológicas “chavinoides”. Surgió a finales del Primer Horizonte y prolongó su existencia hasta la primera época del Intermedio Temprano. En la costa sur fue el puente entre Chavín y Nazca.

Hacia 1925 Tello encontró una gran cantidad de cementerios en la Península de Paracas (18 kilómetros al sur de Pisco). Unos eran en forma de botellas (Cavernas) y otros eran grandes cementerios subterráneos (Necrópolis). Los primeros databan de 700 años a.C. y los segundos de 500 años a.C.  Esto le valió a Tello para dividir la “historia” de los Paracas en dos períodos: Cavernas y Necrópolis.

La vida de los Paracas transcurrió entre la pesca, la horticultura, la fabricación de numerosos utensilios (cerámica, cuchillos de obsidiana, instrumentos musicales) y el tejido de hermosos mantos de algodón y lana. Sus sitios de ocupación más importantes están en Tajahuana, Cabeza Larga, Ocucaje, Media Luna y Cerro Colorado. Los ceramios, siempre con asa puente, fueron en Cavernas polícromos y en Necrópolis monócromos (crema).

Esta cultura se hizo famosa por su técnica funeraria. Momificaban a los muertos y los colocaban en fardos con abundantes objetos para ser utilizados en la siguiente vida; los individuos de mayor rango recibían más ofrendas textiles, hasta tres capas sucesivas. Los entierros tienen carácter colectivo y se supone que respondieron a criterios de parentesco. De otro lado, debido a la proliferación de conflictos y a las heridas recibidas en ellos, los Paracas desarrollaron la técnica de trepanar los cráneos; se hacía con “bisturíes” de obsidiana recubriendo la parte afectada con placas de metal.

Finalmente, en su fase Necrópolis, los Paracas tejieron los mejores mantos de los Andes precolombinos. Su decoración estuvo bordada con hilos multicolores de algodón o lana (esta última proveniente de intercambios con Ayacucho). Los motivos son diversos: geométricos, naturalistas y seres mitológicos que hasta hoy no sabemos su significado. Fue también en la fase Necrópolis que sus pobladores iniciaron el trazo de los célebres geoglifos de las Líneas de Nazca.             

EL INTERMEDIO TEMPRANO (200 a.C.-550 d.C.): NAZCA Y MOCHICA

En este período de diversificación cultural pueden identificarse dos grandes estilos regionales: uno en la costa norte, caracterizado por ceramios bícromos de asa estribo (Mochica), y el otro en la costa sur, con ceramios polícromos de asa puente (Nazca). Otros estilos aparecieron en Virú (La Libertad), Lambayeque, Recuay (Ancash), Lima, Cajamarca y Huarpa (Ayacucho). Estas culturas realizaron obras hidráulicas a gran escala para irrigar la costa desértica. Construyeron canales, sistemas de drenaje y represas que desviaban el agua de los ríos; también abrieron pozos para aprovechar las aguas subterráneas. De esta manera incrementaron notablemente la capacidad productiva de sus regiones. Estos cambios tecnológicos y económicos provocaron otros en el campo político que hicieron de estas sociedades los primeros “estados” en los Andes.

Mochica inició su desarrollo en los valles de Moche y Chicama (La Libertad) y se expandió hasta el Alto Piura por el norte y el valle de Huarmey (Ancash) por el sur. Aprovecharon la fertilidad de los valles de la costa norte, de clima cálido y húmedo, pero dos problemas afectaron su desarrollo: el avance del desierto y el Fenómeno del Niño. Los Moche no tuvieron un poder centralizado, sino varios curacas que dominaron en cada valle. Estos señores, como el de Sipán, ostentaban poderes sagrados y militares. Como símbolo de su poder portaban prendas de oro, plata y piedras preciosas. El ajuar funerario encontrado en las tumbas revela su alta jerarquía. También contaban con un séquito de parientes, servidores y “funcionarios”.

Los moche tuvieron dioses antropomorfos donde destaca una divinidad felínica, con cinturón de serpiente y que portaba un cuchillo ceremonial (Aia Paec o el “degollador”). En sus rituales el consumo de alucinógenos permitían una “comunicación” directa con sus dioses; por ello los sacerdotes, curanderos o “chamanes” gozaron de gran prestigio. Los sacrificios humanos (“ceremonia del sacrificio”) fueron una práctica común. Construyeron templos piramidales truncos de adobe, con plataformas y muros decorados con escenas rituales (Huaca del Sol, Huaca de la Luna y El Brujo). La cerámica también tenía una función ritual pues está decorada con escenas de ceremonias religiosas. Tenía dos colores (ocre y crema) y podía ser pictórica o escultórica (los “huacos retrato”).

En 1987 fue rescatada de los “huaqueros” la famosa tumba del Señor de Sipán. El hallazgo arqueológico mostró por primera vez todo el esplendor de una tumba correspondiente a un señor moche. El ajuar funerario que lo acompañaba a la otra vida era riquísimo: objetos de oro, plata, cobre y tumbaga (oro mezclado con cobre); turquesas, mullu y cerámica; el Señor, además, había sido enterrado con parte de su corte. El valor histórico del hallazgo superó ampliamente el valor material de los objetos pues nos descubrió facetas desconocidas de la vida y la cosmovisión de los mochicas. La tumba confirmó, por último, la gran destreza de estos antiguos peruanos en el trabajo de los metales. 

La cultura Nazca se desarrolló a partir del templo de Cahuachi, una pirámide trunca construida de adobes hechos a mano aprovechando el promontorio natural. Su organización parece ser una confederación religiosa compuesta por ayllus de distintos linajes que habitaron los valles de Ica. En las vasijas y textiles se nota, además, aspectos de su vida religiosa y política. Predominan escenas de guerras rituales para conseguir las preciadas cabezas-trofeo; los hombres arriesgan sus cabezas y usaron porras, cuchillos de obsidiana y estólicas. También hay mujeres como víctimas. Expertos constructores de acueductos subterráneos o puquios, los nazcas desarrollaron una cerámica sobresaliente en términos pictóricos.

Los nazcas terminaron de trazar los famosos geogligos de las Líneas de Nazca. Éstas no parecen haber tenido un significado astronómico. Son la huella material de un complejo ritual propiciatorio. Los nazcas trazaron plazas y caminos para sus bailes rituales que, junto a plegarias y ofrendas, miraban un punto en el horizonte. Creían que en esa dirección se encontraban sus antepasados, el apu tutelar. Estos rituales se desarrollaban junto al paso de las estaciones y coincidían con la llegada del agua, recurso clave en la supervivencia del hombre costeño.

Las causas de la decadencia de nazcas y mochicas no están del todo claras. Parecen estar relacionadas a los efectos de un violento Fenómeno del Niño y a la expansión de la cultura Wari.

EL SEGUNDO HORIZONTE (550-900 d.C.): TIAHUANACO Y WARI

Fue la segunda época de interrelación en los Andes definida por las culturas Tiahuanaco y Wari. El centro de la primera se ubicó en la región sureste del Lago Titicaca (actual Bolivia) y su influencia se extendió por la sierra sur del Perú y el norte de Chile; Wari tuvo su centro en Ayacucho y su expansión llegó a La Libertad y Cajamarca, por el norte, y Arequipa y Cuzco, por el sur.
Tiahuanaco se conoció desde el momento de la Conquista y los cronistas la relacionan como una “ciudad” arruinada y misteriosa; los incas, además, hablaron de ella como una civilización anterior a ellos. La arqueología confirmó luego que su antigüedad era mayor a la de los incas e identificó a Tiahuanaco como un Imperio que, tras su colapso, dio origen al Cuzco debido a migraciones de pueblos Altiplánicos hacia el noroeste.
Estudios recientes confirman que Tiahuanaco fue un conjunto de ayllu vinculados a centros ceremoniales y administrativos (Kalassasaya, Akapana, Templete, entre otros) y que se “expandió” a través de colonias en los distintos pisos ecológicos  que van desde el Altiplano boliviano a las costas del sur del Perú (Arequipa, Moquegua y Tacna) y el norte de Chile (Arica y Tarapacá); esto nos da la imagen de un “estado-colonizador”. En todo caso Tiahuanaco nunca fue un Imperio, o un pueblo guerrero y expansivo, sino un centro religioso con un particular culto (Wiracocha o “dios de los báculos”) cuya influencia también llegó a los actuales departamentos de Cuzco y Ayacucho, marcando claramente el posterior desarrollo de Wari.
La economía de Tiahuanaco se basaba en la agricultura, en el pastoreo de auquénidos y en la pesca lacustre y fluvial. Desarrollaron una cerámica donde destacó el vaso ceremonial (kero) con decoración geométrica y polícroma, y fueron los descubridores del bronce (aleación del cobre con el estaño). Construyeron grandes templos piramidales de piedra y esculpieron figuras megalíticas (Puerta del Sol, donde destaca la imagen del “dios de los báculos”, y el Monolito Benett). El colapso de esta cultura parece estar relacionado a cambios climáticos, iniciados hacia el 700 d.C., que modificaron los niveles del Lago Titicaca afectando seriamente la vida económica de sus pobladores.
En relación a Wari sí podemos hablar de una organización urbana dirigida, al parecer, por una élite guerrera que se expandió construyendo una red vial y una serie de centros administrativos. Si bien la arqueología aún no puede confirmar el carácter militarista de esta expansión, sí es visible que se logró una gran uniformidad de criterios en su área de influencia: centros urbanos planificados con barrios de artesanos y depósitos; arquitectura monumental y el uso del modelo “trapezoidal”; control de pisos ecológicos y la movilización de mitmaqkunas; culto al “dios de los báculos” (Wiracocha); red vial que luego sería ampliada por los incas; y la utilización del runa simi como lengua para los intercambios. Por esta razón se ha hablado del Horizonte Wari, del “primer imperio andino” o del primer Tahuantinsuyo. De todos modos no podríamos dudar que se trató de la primera época con características “imperiales” en los Andes de la que los Incas retomarían casi todas sus manifestaciones.
Los wari construyeron las “ciudades” de Wari (la “capital” ayacuchana), Ñawimpuquio y Conchopata (Ayacucho), Pikillacta (Cuzco), Pachacamac y Cajamarquila (Lima), Huarivilca (Huancavelica) Vilcahuaín (Ancash) y Wiracochapampa (La Libertad), entre otras. Todas ellas funcionaban como centros de almacenamiento y de producción artesanal (textiles, cerámica y objetos de metal). Terminaron convirtiéndose en cabeza de región y, alrededor del 800 d.C., cobraron cada vez mayor autonomía del centro ayacuchano dando inicio al colapso del Segundo Horizonte y configurando la “regionalización” del Intermedio Tardío. En este sentido el oráculo de Pachacamac adquirió independencia y cobró un prestigio que duraría hasta la época incaica.    
  
EL INTERMEDIO TARDÍO (900-1.450 d.C.): CHIMÚ Y CHINCHA

En este segundo período de “regionalización” la costa recupera la importancia perdida tras la expansión Wari. Los reinos de Chimú (costa norte) y Chincha (Ica) son los más representativos. No podemos dejar de mencionar, sin embargo, la presencia de otros señoríos en el Lago Titicaca (Lupacas, Collas y Pacajes); en la sierra central (Huancas); en Ayacucho (Chancas); en Arequipa (Collaguas y Cabanas, en el valle del Colca); en Ancash (Chancay, célebre por su arte textil); Lambayeque (Sicán, conocida por sus tumbas); y en Huánuco (Chupachos), entre muchos más. Todos terminaron conquistados por los Incas que, en su fase mítica pertenecieron a este Intermedio.
El reino Chimú es el que ha alcanzado mayor resonancia. Tuvo su centro en el valle de Moche (La Libertad) y su expansión militar lo llevó a dominar la costa desde Tumbes hasta el norte de Lima. Fue un reino conocido desde la conquista pues los cronistas conocieron a sus líderes (Chimo-Cápac o ciquiq) ya sometidos a los señores del Cuzco. Se trató de una sociedad muy jerarquizada con una población de unos 500 mil habitantes de los cuales casi 40 mil parecen haber vivido en la ciudadela de Chan Chan, capital del reino. Entre las diferentes lenguas que hablaban prevalecía el muchic o yunga.
Existe una “genealogía” de Chimú registrada por los cronistas. Tuvo 10 gobernantes y su fundador esta relacionado con la figura mítica de Naylamp o Tacaynamo; su último líder, antes de la conquista incaica, parece haber sido Minchacaman. Entre sus divinidades destacaba la luna, llamada si, seguida por el sol, las constelaciones y el mar, llamado ni. Asimismo, el soberano era considerado una deidad.
Sus pobladores se dedicaban a la agricultura aprovechando los valles de la costa norte y las aguas subterráneas (puquios); construyeron wachakes o terrazas agrícolas hundidas que aprovechaban la humedad del terreno. Sembraron maíz, frijol, maní, ají, algodón y frutales como lúcuma, pacae, guanábana y palta. Su economía se completada con la pesca y la recolección de mariscos. La caza parece haber sido una actividad ritual. Su cerámica (monócroma con gollete estribo) fue utilitaria y fabricaron hermosos mantos de plumas.
De los wari heredaron la tradición urbana y, de sus ancestros moches, la destreza en la orfebrería. Construyeron, o volvieron a ocupar, grandes ciudadelas de barro planificadas y divididas en sectores para artesanos (Chan Chan y Pacatnamú); en el trabajo de los metales realizaron múltiples objetos rituales (como el tumi o cuchillo ceremonial) y de decoración (muchas de éstas combinadas con piedras semipreciosas como la turquesa). Su orfebrería es todavía considerada la mejor del Perú prehispánico.
El Señorío de Chincha fue el más importante de la costa central. Sus asentamientos estuvieron distribuidos por todo el valle y de éstos destacan dos: Centinela de San Pedro y Centinela de Tambo de Mora, conocido también como Lurinchincha. Documentos del siglo XVI revelan que los chinchas estuvieron divididos en 12 mil campesinos, 10 mil pescadores y 6 mil “mercaderes”, además de un cierto número de orfebres cuya mayoría estaba ausente. Los campesinos cultivaban maíz y otros plantas como el algodón, mientras los pescadores salían al mar por turnos (mita) con sus balsas y redes.
Sus “mercaderes” se dedicaban al intercambio de productos. Navegaban por buena parte de la costa del Pacífico hasta el actual Ecuador y también trajinaban rutas terrestres hasta el Cuzco y el Collao. El objetivo central de su trueque fue distribuir el mullu, un molusco marino que gozaba de gran valor ritual en los Andes (ofrenda y alimento de los dioses). El comercio del mullu convirtió al Señorío de Chincha en uno de los pueblos de mayor prestigio en el futuro Tahuantinsuyo.
Los Incas terminaron absorbiendo a estos dos señoríos. La conquista de Chimú parece haber sido dramática según las crónicas. La arqueología nos habla de una crisis en la costa norte producida por graves inundaciones relacionadas con un Fenómeno del Niño; esta coyuntura sería aprovechada por los ejércitos de Túpac Yupanqui. La conquista de Chincha parece no haber sido violenta sino un proceso de alianza política con los cuzqueños.

EL TERCER HORIZONTE (1.450-1532): LOS INCAS
Los incas llegaron al Cuzco alrededor del siglo XII como resultado de una movilización general. No se conoce con exactitud el lugar de partida; según los mitos salieron del Collao y pasaron por lugares como Pacaritambo donde dominaron, a su paso, diversas poblaciones. Hacia el siglo XIII eran el grupo de mayor prestigio y poder en el valle del Cuzco y se reclamaban descendientes del Sol. La fundación del Cuzco está relacionada con la figura mítica de Manco Cápac, primer Inca, e iniciador del linaje de gobernantes. Todos sus sucesores, hasta Wiracocha, son personajes míticos. No se puede hacer una “historia” de los Incas hasta el siglo XV; parece que en este lapso sólo llegaron a dominar el colindante valle de Yucay, muy rico en maíz. El gran cambio vino con Pachacútec, su primer gobernante histórico. Él venció a los chancas, implantó oficialmente el culto solar e inició la expansión. Había nacido el Tahuantinsuyo o “imperio de las cuatro partes del mundo”.

A Pachacútec le sucedieron Túpac Yupanqui y Hayna Cápac. Desde la victoria frente a los chancas (h. 1438) hasta la muerte de Huayna Cápac (1528), los incas conquistaron un enorme territorio de unos 4 millones de kilómetros cuadrados y poblado por 9 a 12 millones de personas. Iba desde Pasto (sur de Colombia) hasta Tucumán (Argentina) y Maule (Chile). Las mayores conquistas las realizó Túpac Yupanqui, quizá el personaje más fascinante que conocemos de esta larga historia andina; guerrero, viajero y visionario dominó a huancas, chimús, y chachapoyas; anexó el “reino de Quito” y posiblemente realizó una expedición marítima hasta la Polinesia; conquistó los territorios del extremo sur del Imperio, recorrió las pampas argentinas y se dice que arribó hasta el Estrecho de Magallanes. Huayna Cápac encontró un territorio muy amplio y se dedicó a pacificarlo y reorganizarlo. Sus sucesores, Huáscar y Atahualpa, encabezaron una lucha entre la élite por el poder que desgastó al Imperio justo cuando los españoles preparaban la invasión definitiva. Hacia 1530 el Tahuantinsuyo tenía una duración de menos de 100 años, un tiempo muy corto para poder dominar coherentemente su extenso territorio. No todos los grupos étnicos aceptaron el dominio de los cuzqueños y “colaboraron” con los invasores para recuperar su autonomía.

Los incas aprovecharon toda la experiencia acumulada en los Andes y su mérito fue extenderla desde su centro en el Cuzco. Los criterios de reciprocidad fueron aprovechados, y la mita y la redistribución fueron aplicadas en beneficio el Estado. Ampliaron y mejoraron la red de caminos de origen wari; multiplicaron los tambos (albergues en los caminos) y colcas (depósitos);  andenes y puentes se siguieron construyendo; aprovecharon el control de pisos ecológicos y movilizaron a miles de mitimaes (mitmaqkuna) para colonizar áreas de cultivo o zonas recién conquistadas; finalmente, desarrollaron un eficiente sistema de administración y contabilidad (quipus) para movilizar a la población. Todo se realizó con la mediación de los curacas. Tuvieron un calendario solar y el año se dividió en festividades vinculadas al culto y al trabajo. Por último, fundaron ciudades (Tumibamba, Cajamarca, Huánuco Pampa) y otros centros administrativos cerca del Cuzco (Ollantaytambo, Písac, Machu Picchu).

El inca era un personaje sagrado; tenía varias esposas y junto a sus hijos formaba una panaca. Elegía a su sucesor (auqui) utilizando el criterio del más apto, no el de primogenitura. La familia del Inca junto a las demás panacas completaban la “nobleza de sangre”; a ella se le añadía la “nobleza de privilegio” formada por los señores de los pueblos sometidos. El resto lo formaban los hatunrunas (habitantes de los ayllus), los mitmaqkunas (familias de colonos) y los yanaconas (casta servil que dependía del Inca). Para la administración el Estado contaba con los “orejones” (nobles), los tucuyricuys (supervisores) y, naturalmente, con los curacas. El Sol (Inti) era la divinidad oficial pero siguieron cultos antiguos como Wiracocha, la Madre Tierra (Pachamama) y el Rayo (Illapa); también se respetaron los cultos locales (huacas). El sacerdote principal o Villac Umo vivía en el Coricancha; las acllas (“escogidas”) se dedicaban al culto y a atender las necesidades del Inca (vestido, comida). El Cuzco, “centro u ombligo del mundo”, era la ciudad sagrada desde donde se dividía el universo en cuatro suyos o partes.

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