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La población, en 1828, fue calculada en 1’279,726 habitantes. El Perú seguía siendo un país rural. La mayoría eran indios que formaban comunidades campesinas. Lima era la ciudad más populosa con 54 mil habitantes. Cerca de la mitad del país estaba compuesto por un territorio desconocido: la amazonía. Las fronteras políticas estuvieron poco definidas y fueron causas de conflictos con Bolivia (1828) la Gran Colombia (1829) y Ecuador (1859).

No hubo esta época un centralismo sino más bien una desarticulación por el poco efecto concentrador de Lima y, se podrían distinguir, hasta cuatro circuitos comerciales casi autosuficientes: Lima y la costa central; la costa norte y Cajamarca; la sierra central; y la sierra sur.

Las comunicaciones eran difíciles puesto que a pesar de contar con cinco puertos mayores (Paita, Huanchaco, Callao, Islay y Arica), las antiguas rutas que habían comunicado a Lima con Arequipa, Cuzco y el Alto Perú sufrían un penoso abandono. Todo esto añadido a la difícil geografía y a la numerosa presencia de bandidos, viajar se convirtió en una empresa arriesgada. La circulación monetaria disminuyó y en muchos lugares el comercio sólo pudo efectuarse mediante el trueque.

Esta situación empezó a cambiar durante la época del guano. A nivel social surgió una clase “rentista”, es decir, un reducido círculo de familias muy ricas, amantes del lujo, pero sin vocación empresarial. Su fortuna, proveniente de los negocios guaneros, se formó sin esfuerzo tecnológico o creativo alguno. No solo importaron de fuera artículos de lujo, sino también una buena dosis de ideología liberal y un nuevo estilo de vida a imagen y semejanza de las burguesías europeas. Ellas se modernizaron pero no les interesó difundir los nuevos valores contribuyendo a acentuar su distancia respecto a la mayoría que siguió viviendo en un mundo arcaico.

Pocas épocas en el Perú dieron lugar a tanto lujo y ostentación. Luego del empobrecimiento sufrido tras la independencia, la élite tuvo dinero suficiente para gastar. El culto a los artículos importados hizo rico a más de un comerciante que estableció su tienda en las calles del centro de Lima. Sumas enormes de dinero fueron derrochadas en una desmedida importación de artículos de lujo. En Chorrillos, el balneario de moda, los nuevos ricos se dedicaban al juego y llevaban un estilo de vida opulento.

Hacia 1870, año en que se derrumbaron sus murallas, Lima contaba con poco más de 100 mil habitantes. Comenzaba por el norte con el Convento de los Descalzos y terminaba por el sur en la Portada de Guadalupe, muy cerca de la actual Plaza Grau. En el lugar que ocupaban las murallas se trazaron, a la manera francesa,  avenidas en forma de boulevards que rodearon a la ciudad  formando un cinturón de calles amplias y arboladas.

Además, se diseñaron parques decorativos con quioscos afrancesados como el Parque de la Exposición inaugurado por el presidente Balta en 1872. Pero la influencia francesa no sólo se hacía sentir en el diseño urbano. La moda de París entusiasmaba a las mujeres y desplazaba a las tapadas.  La gente de entonces también utilizaba su tiempo libre para hacer deporte al fundarse, por ejemplo, el "Club Regatas Lima". Asimismo, apareció el tranvía remolcado por caballos y se construyó el teatro Politeama con capacidad para 2 mil personas.

Por último, a partir de 1850, llegaron trabajadores chinos para reemplazar a los esclavos negros en las haciendas de la costa. Los beneficios del trabajo de los culíes lo percibieron de inmediato los terratenientes. Con el conocimiento ancestral que tenían del trabajo agrícola y con su esfuerzo físico permitieron el notable incremento en la producción de caña y algodón. Los chinos también fueron empleados en la extracción del guano de las islas y en el servicio doméstico. La llegada de los coolíes fue continua y creciente: entre 1849 y 1874 arribaron casi 90 mil. Lo censurable fue que su trabajo se realizó en condiciones de semi-esclavitud. Los malos tratos se iniciaban en el viaje desde la colonia portuguesa de Macao hasta su llegada al Callao. La penuria continuaba en el Perú. El trato de los hacendados fue muy duro. El uso de cadenas, látigos y la exigencia del cumplimiento del horario fue algo cotidiano.

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