Mantente informado con nosotros a través de Fútbol de Perú. Sólo presiona el botón Me gusta

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Entradas populares

La organización política maya era muy distinta de las formas conocidas en reinos, imperios y repúblicas del Viejo Mundo. Los diversos dominios mayas conocidos como ciudades-estados, eran autónomos e independientes en lo político, uniéndolos como único y poderoso vínculo: el mismo idioma, la misma forma de religión, el mismo caudal de conocimientos. No tuvieron emperadores ni reyes. Sus clases sociales estaban establecidas así: los Señores (representando a la nobleza), el pueblo y los esclavos.

En su crónica Relación de las cosas de Yucatán, Fray Diego de Landa da a conocer la forma de vida maya : “…los mayas vivían reunidos en ciudades de una manera sumamente civilizada. Mantenían la tierra bien limpia de maleza, plantaban árboles y cultivaban sus campos. El modo y el orden de sus poblaciones eran estructuradas convenientemente; en el centro se elevaban los templos con hermosas plazas alrededor de las cuales construían las casas los señores principales y de los sacerdotes y, a continuación, las de los funcionarios de mayor importancia. Luego las casas de las familias ricas y las de los mercaderes. En los lindes de pueblos y ciudades se establecían las casas de las clases bajas”. 

Las inmensas ciudades-estado erigidas por los mayas supusieron un alto grado de organización social. Una estructura urbana planeada, una mano de obra organizada y disponible, y artesanos sabiamente preparados. La ciudad era a la vez un centro civil y religioso. La razón del porqué de las grandes ciudades clásicas como Tikal, Copan o Chichén Itzá no se aprecian las casas que, en definitiva, daban forma al concepto urbano de ciudad, radica en el hecho que para dichas construcciones se utilizaban materiales perecederos: barro, cañas, madera, etc. que han desaparecido, no quedando más que las las estructuras como huellas de sus asentamientos. Las mansiones de la nobleza se ubicaban junto a la plaza central. De hecho todos los señores estaban obligados a levantar una casa dentro de los límites de su ciudad. Prácticamente todas las poblaciones disponían de un juego de pelota, por lo menos. 
Políticamente el régimen en las ciudades-estado era teocrático. El gobierno era hereditario en cuanto a linaje y electivo en cuanto a valores personales para el cargo. Poseían ejército permanentemente en pie de guerra, bajo el mando de un jefe llamado batab y de varios subjefes denominados nacones. También sus ejércitos disponían de guerreros mercenarios (holcanes).

Las ciudades estaban divididas con fines administrativos y tenían sus funcionarios, cuarteles, escuelas y hasta un sistema para cuidar socialmente a los desamparados. Cada casa noble maya tenía una especie de mayordomo (que llamaban caluac) y que podía identificarse por llevar siempre consigo una vara como distintivo de su oficio; acompañaba siempre a señores y sus familiares cuando acudían al centro de la ciudad o al mercado para adquirir lo que se precisara en la casa: comestibles, telas y utensilios diversos.

Así, pues, las ciudades-estado estaban fuertemente jerarquizadas. A la cabeza se encontraba el Halach Uinic (el hombre verdadero) , el Señor, la máxima autoridad política, dotado de plenos poderes y limitado solo por un consejo que, generalmente, estaba ligado a él por vínculos de consanguinidad. Era absoluto y, como en todas las teocracias, casi un dios. Se encargaba de dictar las leyes, administrar justicia y organizar el comercio. Gobernaba asesorado por el Gran Consejo, integrado por los principales jefes de aldea y sacerdotes. En muchos casos tenía el cargo de sumo sacerdote. Vivía en un palacio rodeado de sirvientes y esclavos, en donde músicos y bailarines amenizaban sus momentos de esparcimiento. El cargo se transfería de padres a hijos, aunque si este aún era menor de edad, o se juzgaba que no tenía aptitudes para el cargo, el poder pasaba a manos de algún hermano del Señor difunto y, de no haber persona alguna para sucederle, un Consejo elegía a una persona capaz.

El Señor disponía de un consejo asesor, cuyos miembros se llamaban Ah cuch caboob y siempre estaban acompañados por ayudantes mensajeros, los kuleloob. Había también los Jefes de los linajes, Ah holpopoob, que cumplían las órdenes de los Ah cuch caboob.

Los administradores de la ciudad eran nombrados por el Señor; la selección de los elegidos se hacía por medio de un examen y se llevaba a efecto cada período de veinte años. Los candidatos tenían que demostrar su legitimidad para el cargo, su nobleza y su conocimiento de las tradiciones.

Los Señores mayas vestían faja o taparrabo espléndidamente bordado. Tenía el cráneo aplanado y el rostro tatuado. Se dejaban crecer el cabello, trenzándose en él adornos de distinto tipo y llevaban las orejas perforadas en cuyos lóbulos colgaban grandes adornos. También era normal que se perforasen el tabique nasal, tanto para colocarse más adornos, como para el sangrado penitencial ritual. También gustaban de adornarse los dedos de los pies y las manos con anillos de jade y, en muñecas y tobillos, también se colocaban ornamentos. En según que oportunidades, se vestían, además del taparrabos, con una larga túnica que les llegada hasta los pies e incluso por encima de ella, una piel de jaguar.

Sus tocados eran ostentosos. Se componían de una máscara simbólica del dios de la lluvia o del dios del sol hecha en madera o mimbre y, sobre esta estructura, se construía un conjunto de plumas rematado por masas ondulantes de plumas verdes del pájaro quetzal.

Según su actividad: religiosa, militar o civil, los mayas llevaba algún tipo de símbolo. Los gobernantes un cetro y los sacerdotes según su rango una barra ceremonial con doble remate de cabezas de serpientes descansando en brazos huecos. Los jefes guerreros vestían una especie de armadura e iban provistos de lanza y escudo. El colorido era un distintivo característico del vestido maya. De hecho, todo en la vida, incluso ellos mismos, era pintado.

En la administración de una ciudad-estado había una gran carga burocrática: gobernadores, alguaciles, capitanes de guerra…, hasta el más humilde policía o vigilante. Todos los cargos administrativos pertenecían a clases distinguidas y no pagaban impuestos. Los ingresos para mantener toda esta amplia nómina administrativa provenía de los impuestos sobre los alimentos, la producción y de la mano de obra gratuita prestada por el hombre común. Cada uno de los habitantes contribuía el erario público con maíz, fríjol, chile, aves, miel, cera, copal, tejidos, pescado, jade o lo que procediera y todas las cantidades recaudadas eran trocadas en los mercados por otras mercancías que pudieran hacer falta en un momento determinado.

Los diferentes pueblos y ciudades mayas guerrearon entre sí, pero antes que nada conviene recordar que la civilización maya ocupaba un vasto territorio, que abarcaba tierras bajas y altas, en el cual numerosas ciudades-estado independientes se desarrollaron, alcanzaron su apogeo y decayeron, y que necesariamente compitieron por controlar regiones y recursos. Ninguna logró dominar el territorio del Mayab en su totalidad bajo una única estructura política, como tampoco lo hicieron en su día ni zapotecas ni mixtecas en los valles de Oaxaca, ni toltecas, teotihuacanos y mexicas en la zona central de lo que hoy es México.

En todo el territorio maya el estado de guerra era constante. Las ciudades-estado en litigio permanente por sus límites y por legitimar sus intereses comerciales permanecieron en una pugna constante por preservar y engrandecer sus hegemonías. En ocasiones eran los propios campesinos que invadían las tierras vecinas; el comercio se llevaba a cabo a costa de amigos y enemigos y los esclavos eran una buena fuente de ingresos y la única manera de conseguirlos era en combate; además, se precisaban víctimas para sacrificar a los dioses. Es decir, los objetivos de las guerras fueron la conquista de nuevos territorios, la obtención de bienes económicos, como materias primas y tributos, y la captura de prisioneros.

En las aldeas y ciudades había ejércitos constituidos; cada hombre que supiera manejar el arco, la flecha y la lanza era declarado apto para la milicia. Asimismo, para protegerse de los ataques, erigieron barreras de forma semicircular, con empalizadas de madera y zanjas excavadas que contenían puntas escondidas.

En términos militares los mayas iban al combate poco armados. Su equipamiento básico era la lanza, la macana con flechas de punta de obsidiana y el arrojador de dardos. Para la lucha cuerpo a cuerpo empleaban un utensilio hecho con pedernal y otro con tres garras para provocar desgarros a los enemigos. Como defensas usaban escudos con un revestimiento a base de algodón endurecido con salmuera.

La guerra se llevaba a término a través de cortas batallas. Disponían de una acertada logística; las mujeres preparaban el alimento y los cargadores lo llevaban sobre sus espaldas hasta el campo de batalla. Las batallas generalmente tenían lugar en octubre, cuando el campesino-soldado no tenía que trabajar la milpa y los graneros ya estaban llenos.

Nunca combatían de noche y la sorpresa constituía su táctica predilecta. Cuando las defensas quedaban abatidas los guerreros atacaban en masa y si los defensores estaban atrincherados les arrojaban nidos de avispas y prendían fuego a los techos de paja. La matanza no era el objetivo principal de las batallas. Querían prisioneros: los de mayor rango para ser llevados al sacrificio y los de menor rango para ser esclavos. Sin embargo, a los capitanes vencidos se les mataba inmediatamente.

Una batalla podía comenzar con una incursión por sorpresa al campo enemigo para tomar cautivos. La batalla subsiguiente llegaba acompañada de una marcha sobre el que sería el campo de batalla elegido portando banderas y dando fuertes alaridos acompañados de los sones de sus instrumentos musicales. Asimismo, llevaban también imágenes de sus dioses a los que invocaban su favor mediante ritos propiciatorios.

0 comentarios:

MÁS LEIDOS